ORIGEN DE LA CRISIS CAPITALISTA III (Noviembre 2.008).
Publicado en el Núm. 150 (ÉPOCA II) de La Gaceta Escurialense.
Seguimos con este serial aunque, creedme, me habría gustado más endiñaros Simplemente María o Lo que Nunca Muere. Sin embargo, y debido a la evidente complejidad de esta cuestión, debo seguir relatando los avatares de esta última crisis económica. Hace poco se ha cumplido el Aniversario del Final de la Primera Guerra Mundial, el 11 de Noviembre de 1.918. Los excombatientes de aquella Gran Guerra decían que, al menos y después de tanto y tanto sufrimiento, podían tener el legítimo orgullo de afirmar que habían combatido en la última guerra de todas las guerras. Aquello demostró ser dolorosamente incierto. Del mismo modo, nosotros podríamos decir que hemos pasado por la última crisis de las crisis capitalistas. Pero ello tampoco será cierto. Por la sencilla razón de que no podremos aprovechar esta gran crisis para terminar -de manera rotunda y definitiva- con el capitalismo. Y como no podremos terminar con él, seguirá ofreciéndonos sus deliciosas crisis cíclicas cada determinados periodos de tiempo. Crisis cíclicas que pagamos todos... todos menos los que efectivamente las provocan, se entiende.
El mercado financiero ha quedado absolutamente paralizado a lo largo y ancho del Globo. Tendido sobre la lona como un lento boxeador sonado. Paralelamente, ha saltado en mil pedazos el actual sistema crediticio. Ya expliqué anteriormente como -primera consecuencia de esta gravísima situación- la crisis de liquidez atravesada por las entidades financieras produce un cierre en la concesión de créditos. Como el chiringuito está organizado a través de estas constantes inyecciones de dinero efectuadas por los Bancos tanto a los ciudadanos de a pie como a las empresas, y como se ha reducido drásticamente esta política crediticia, ya tenemos otro de los fundamentos capitalistas reducido a cenizas. El trabajador ya no cuenta con esa posibilidad de dinero adicional. Y mientras tanto, todo sube menos el salario. Menos consumo y menos beneficios. Así ha repercutido la crisis de los mercados financieros sobre la gente. La crisis motivada por unos pocos trascendiendo a los que son más. Abrumadoramente más. Las operaciones de papel ametrallando sin piedad a la economía real.
Era el momento. Había sonado la hora para tocar a rebato y mandar lejos -muy lejos- este antiquísimo sistema económico. Esta infraestructura miserable que soporta una superestructura no menos rastrera y tramposa. Rastrera, porque hace un negocio interminable de las necesidades básicas de los ciudadanos. Tramposa porque, bajo una ligera capa de libertad y potestades democráticas, no nos ofrece más que pobreza y ventajismo político. Este era el momento de terminar con el sistema capitalista pero, a cambio... ¿qué se ha hecho? Ni más ni menos que apuntalarlo. Los Estados han corrido a sujetar a las entidades financieras en su caída, evitando -no sabemos todavía si temporal o definitivamente- su estrepitosa caída. De manera increíble, persisten en respaldar un sistema que no funciona en beneficio e interés de los ciudadanos, sino de turbias y opacas minorías que hacen y deshacen sin posibilidad de freno alguno. Se nos habla ahora, como risible sustento doctrinal de esta farsa, de una refundación del capitalismo. De nuevas formas más transparentes y humanas. Qué risa... aquí no se refunda nada. Todo está ya fundado y muy bien fundado. El capitalismo siempre es el mismo, aunque presente varias banderas de conveniencia.
Ahora, los Estados Occidentales han decidido intervenir. En vez de mandar -de una sola patada bien dirigida- al sistema bancario a hacer puñetas, se dedican a reaprovisionarlo introduciendo en él sumas milmillonarias. Todo lo que sea para que la máquina voraz no se detenga. Todo y más. Porque se nos proclaman a bombo y platillo nuevas políticas de austeridad. Los ciudadanos de infantería -tú, yo y aquél- que no hemos tenido nada que ver con este desastre económico debemos pagarlo. Los Partidos Políticos -esas organizaciones que sustentan toda esta parafernalia pseudodemocrática- seguirán debiendo a la Banca ingentes sumas de dinero a fondo perdido. Porque... ¿significa esta nueva política de austeridad que la Banca va a reclamar los créditos impagados a los Partidos Políticos? ¿qué va a ir a por ellos dándonos una tregua a nosotros? Pues no. Todo el peso de las leyes procesales de reclamación de créditos personales e hipotecarios caerá sobre el honesto ciudadano que no pague alguna de sus cuotas mensuales. A los Partidos Políticos se les dejará en paz. Que deban lo que quieran puesto que, como hemos visto, los Parlamentos Europeos han acordado apuntalar el sistema bancario con una conmovedora cuasiunanimidad. Políticos y banqueros de la mano en la consecución de esta justa sociedad capitalista que, en el caso de España y según el Informe FOESSA, alcanza ya el número de ocho millones de pobres. Esto es una vergüenza.
Lo que ocurre es que la nacionalización no es la solución. Las medidas adoptadas en algunos Estados interviniendo directamente en alguna de las agonizantes entidades financieras no han hecho más que sustituir un modelo de capitalismo por otro. El modelo del capitalismo plutocrático -el de toda la vida, el pata negra- por un modelo de capitalismo de Estado. Medidas intervencionistas que, lejos de transformar la Sociedad actual, tienden a reforzarla en sus mecanismos esenciales. Y es que la nacionalización de la Banca -la mera nacionalización- no es más que un parche infumable a estas alturas. Al menos si no va acompañada de una serie de medidas sencillas que desmonten, de una vez para siempre, esta maquinaria siniestra. Continuará...

Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 48 años. Falangista. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL.