DE VUELTA DE PREDAPPIO. MI OPINIÓN PARA UN DEBATE QUE SE REABRE.
Uno de los principales dramas a los que tenemos que enfrentarnos los falangistas -y no son pocos- es que no solemos ponernos de acuerdo. Nos cuesta muchísimo marchar al unísono y coordinar nuestros pasos políticos. A la larga, vamos a terminar pensando que esta falta de sintonía es enriquecedora en el debate. Pero, sea como sea, de nuevo nos alcanza el tempo político descoordinados. Como muchos de vosotros ya habréis averiguado, estoy hablando de Predappio. Porque, mientras unos marchan orgullosos hacia allá, otros llevamos varios lustros de vuelta de él. Absolutamente de vuelta de Predappio. Los falangistas. Ya se sabe. Siempre especialistas en la reapertura de debates ideológicos que creíamos superados, firmados y archivados. Una vez más, y como dirían los castizos, va a ser que no. Empecinados, una y otra vez, en repetir errores pasados. En sumergirnos, como si fuera una maldición, en ambientes políticos extraños a nuestra propia identidad.
Corrían los turbulentos años veinte y surgió, en Europa, el fenómeno fascista. Entonces se miraba hacia Roma, buscando nuevas soluciones a los antiguos problemas que aquejaban a las sociedades industrializadas. Y se pensaba que Mussolini había encontrado la fórmula política de superación del capitalismo y del marxismo: una tercera vía de validez universal. Al menos eso es lo que afirmaba el propio Régimen Fascista. La verdad es que había que ser muy inteligente -o tener una voluntad de hierro- para no dejarse impresionar. Desfiles de Camisas Negras mostrando el orgullo de la Patria Italiana. La mística de la violencia, la estaca y el ricino. Escuadras mecanizadas. Futurismo moderno en una Europa en decadencia. Estética y formas espectaculares que anunciaban la inminente caída de las democracias burguesas, al tiempo que lograban en las calles la derrota del bolchevismo. Estética fascista. Fuegos artificiales sobre la crisis europea.
Al final, sólo humo y un enorme fraude. Una gran mentira política que, entre otros, fue advertida y analizada por José Antonio casi al inicio de la epopeya falangista. A la luz de los lustros transcurridos, nos damos cuenta de que, al final, el Fascismo no era más que una GRAN ESTAFA. Fórmulas huecas que encubrían demasiados armazones ficticios sobre una sociedad débil de carácter pequeño burgués. El fascismo no era una solución. Era un simple y aparatoso parche cosido sobre la debilidad de una Italia burocratizada e hipócrita. Simple aparato externo muy pronto superado por la realidad de unas circunstancias políticas, sociales y económicas de asombrosa inconsistencia.
Los falangistas, en lo tocante a la certeza de un proceso revolucionario, solemos acudir a una prueba del algodón casi siempre infalible. Se trata de examinar atentamente sobre quiénes recae la titularidad de los medios de producción a través de la consumación de las fases transformadoras. Y como si se tratara de la cocina sucia del anuncio, y en lo relativo al Fascismo, nosotros ya realizamos esta prueba en fechas muy tempranas. Los resultados no sólo fueron evidentes, sino esclarecedores.
Lejos de constuir una alternativa al Capitalismo -y mucho menos lejos de desmontarlo- el Fascismo sirvió para preservarlo del peligro rojo. La gran mentira del Fascismo estriba, precisamente, en eso. En que mientras se hablaba de una Revolución Social basada en el concepto de una Italia proletaria y proletarizada, la verdad es que no se modificaron sustancialmente las viejas relaciones entre Capital y Trabajo. No pasaron a manos de los trabajadores los medios de producción. No se nacionalizó la Banca. No se desmontó el Capitalismo. Y esto fue nítidamente advertido por los primeros falangistas antes de nuestra Guerra Civil. La gran invención política del Fascismo estuvo en aquello del Estado Corporativo que, en la práctica, no sirvió más que para encarrilar adecuadamente las tensión trabajador-patrón dentro de un burocratismo inoperante. A la larga, la retórica arditi tan sólo sirvió para frenar la revolución bolchevique, en beneficio descarado de una alta burguesía industrial y financiera. Cáscaras vistosas sobre un fondo hueco. Y de esta simple premisa -la de una Revolución sin Revolución- se desprenden las siguientes derivaciones del Fascismo. Un Imperio sin Imperio. Una Potencia Industrial sin fuerza industrial. Una Sociedad Integrada sin integración. Un Estado sin Estado, finiquitado en 1.943 por el propio Gran Consejo Fascista a raíz de su falta de cohesión interna. Un enorme bluff histórico, en definitiva.
Para los falangistas, sin embargo, el Fascismo tiene un valor adicional. Porque, curiosamente, viene a simbolizar nuestra más atávica disyuntiva: nuestros más enraizados demonios familiares. Esos viejos demonios que nos llevan o a la búsqueda de soluciones revolucionarias y originales de convivencia o al culto inamovible a las cáscaras huecas y a la mera mimetización... a nuestro pasado más siniestro y oscuro. El falangismo superó el sarampión fascista en sus mismos años fundacionales... ¿por qué empeñarnos en volver a pasar la enfermedad?
Por cada respuesta afirmativa, se puede dar una respuesta negativa. Se alegan influencias doctrinales: mentira. El falangismo es revolucionario y el fascismo no. Se alegan cuestiones históricas: mentira... el fascismo no hizo nada por el nacionalsindicalismo, salvo apuntalar al Régimen del 18 de Julio y consolidar con su respaldo la tropelía de nuestra desaparición política, y ello a pesar de la esperanza que algunos de nuestros dirigentes tuvieron en una intervención italiana profalangista. Se alegan cuestiones prácticas actuales: mentira, porque las tesis políticas que triunfan ahora en Italia no pueden llamarse, de ningún modo, fascistas... Repetimos una y otra vez una serie de lugares comunes sin fundamento alguno. Al menos desde nuestra perspectiva.
Por eso, existen falangistas de vuelta de Predappio. Porque tenemos el convencimiento inconstestable de que Roma ya no nos aporta nada. Cáscara muerta y perpetuación de uno de los fraudes históricos que más nos han perjudicado. Formas vacías que no contribuyen, en absoluto, a la búsqueda de los nuevos espacios políticos que necesita el falangismo. Espacios políticos que, por descontado, no se encuentran en el entorno del fascismo. Un evidente error político.


Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 48 años. Falangista. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL.
SantiagoLC dijo
Espectacular artículo, Nacho.
No puedo añadirte nada, solo leerlo muchas veces porque me parece espléndido
Un abrazo
27 Abril 2008 | 12:32 PM