INMIGRACIÓN Y DEBATE SOCIAL (I)

Publicado en el Núm. 4 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".
A nadie se le escapa que, si bien no resulta un asunto demasiado cómodo que tratar, constituye un punto de furiosa y candente actualidad. Y ya va siendo hora de plantear un debate social serio, profundo y reposado sobre el fenómeno inmigratorio, y sobre sus consecuencias mediatas e inmediatas en el seno de nuestra Sociedad. Así lo exige la enorme trascendencia de este acontecimiento social.
Contra la perspectiva falangista de encarar el problema, se han dicho y se dicen muchas tonterías. Básicamente, se nos acusa de aplicar una metodología RACISTA para ofrecer nuestras soluciones, llegándosenos -incluso- a comparar con movimientos de evidente corte neonazi o xenófobo.
Esto, como cualquier lector bien informado sabe, no es cierto. Nuestro movimiento hunde sus raíces en las más profundas raíces culturales españolas y, por esta razón, no podrá ser nunca racista o xenófobo. España es y será exclusivamente en relación con los demás, no frente a los demás. España alcanza su plenitud histórica sólo a través de un movimiento extrínseco -hacia fuera- y nunca intrínseco. Nosotros, como vecinos de San Lorenzo de El Escorial, lo entendemos de manera diaria, rotunda y perfecta, al contemplar esa gran obra de universalidad española que preside nuestros afanes cotidianos.
Nosotros no estamos cometiendo la estupidez de oponernos a la entrada masiva de extranjeros por motivos raciales o biológicos, en todo extraños a nuestra definida identidad nacional. Existen motivos sociales de peso que justifican nuestra postura restrictiva. Y sólo un tonto, o un malintencionado o -también frecuente- las dos cosas a la vez, puede ver en esta actitud política racismo o xenofobia.
Lo que LA FALANGE está afirmando, en relación a este espinoso asunto, es que, como en muy pocos otros asuntos de gobierno, existe un pleno y franco divorcio entre la moral gobernante y las creencias de los administrados. En relación al fenómeno inmigratorio, existe un abismo cada vez mayor entre lo que se predica y lo que se está sintiendo en el fondo social.
De un lado, se nos predican las excelencias de una Sociedad pluricultural: se nos dice que la venida de personas de ámbitos culturales distintos es enriquecedora y positiva. Desde una aguzadísima arista del pensamiento único esta manera de contemplar la cuestión es la única políticamente correcta. Todo lo demás, por contra, serán perspectivas racistas y xenófobas.
En apoyo de esta radical afirmación, se nos ofrece siempre un ejemplo español, propio de varios momentos de nuestra Historia: España no es ajena al hecho migratorio, ya que siempre ha sido un país de emigrantes o, al menos, lo ha sido hasta que alcanzó el desarrollo industrial occidental.
Y aquí nos enfrentamos al primer error de esta teoría, verdadero origen y fin del problema: no todo elemento exterior es fácilmente asimilable por la sociedad receptora. En otras palabras, no todo inmigrante puede ser integrado de forma satisfactoria.
Porque cuando se nos invoca el modelo español, se alude al problema de una forma interesadamente parcial: ciñiéndonos al pasado siglo, es cierto que muchos miles de españoles salieron de su tierra en busca de trabajo y mejor fortuna. Lo que no se nos explica en detalle es que estos emigrantes se dirigieron a países que se estaban -materialmente- construyendo (como era el caso de nuestra querídisima Argentina) o desarrollando o reconstruyendo (Alemania a partir de los años cincuenta). Esto significa, ni más ni menos, que los países receptores podían acoger a nuestros inmigrantes, que estas naciones podían absorver, sin ningún problema social, la llegada de estos nuevos ciudadanos.
Lo que está ocurriendo en Europa los últimos veinte años es mucho más complejo y, por ende, mucho más conflictivo. Asistimos a la llegada de masas de personas que, en la mayor de los casos, no pueden ser acogidos de manera adecuada. Y ello porque, sencillamente, no existe un trabajo digno para todos. Como no puede existir trabajo para todos, asistimos a la formación de bolsas de marginalidad cada vez más amplias, formadas por ciudadanos extranjeros NO integrados.
Y así se origina el choque cultural. Como última manifestación de la conflictividad norte-sur, nunca como una falsa manifestación de supremacía racial blanca. Es decir, se trata -como siempre- de un conflicto ente pobres y ricos, pero nunca entre europeos blancos e inmigrantes oscuros.
Resulta extremadamente sencillo, desde una progresía cursi y facilona, calificar de racista a toda postura política que se oponga a la llegada indiscriminada de ciudadanos extranjeros. Lo que se trata, ni más ni menos, es de determinar las condiciones mínimamente exigibles para su llegada a España de manera adecuada: es decir, poniendo las bases de su inevitable integración incluso antes de su llegada. Y aquí se habla de personas pertenecientes a todas las etnias, culturas y nacionalidades, sin hacer entre ellas falsas distinciones de carácter racial: tan sólo se trata de que la persona que llega pueda encajar dentro de nuestro sistema sin generar tensiones, sin desencadenar movimentos profundamente desestabilizadores de un ya de por sí difícil equilibrio social.
Y decimos que existe un evidente divorcio entre la clase dirigente y los administrados en esta cuestión: porque, si bien desde el Poder se nos transmiten valores siempre positivos acerca de este fenómenos social, la percepción del mismo por el ciudadano medio es profundamente distinta a la de esta tesis política oficial: ni todo inmigrante es asimilable, ni toda mezcla cultural es posible ni, mucho menos, deseable.
Sobre esta cuestión, seguiré tratando en posteriores números, ya que su importancia excede, en mucho, del espacio disponible. Baste aquí con dejar planteada la cuestión.


Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 48 años. Falangista. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL.
Anonimo dijo
Los fenómenos migratorios tratados por un falangista desde un punto de vista materialista ¡qué ironía!.
Si nos creemos lo de "voluntad de destino en lo universal" y lo de "por el imperio hacia Dios", no podemos hablar de extranjeros, y sin extranjeros no hay inmigración ni emigración.
Los peninsulares fuimos a las provincias de ultramar a llevar la religión y traer algo de plata, quizá ahora nuestros descendientes vuelven a casa para que compartamos la plata y recordarnos lo que entonces enseñábamos. Materialistamente eso, ahora, no nos conviene, pero eso ¿a quién le importa?
CAFE
20 Enero 2009 | 02:37 PM