ALATRISTE Y LA CHAPUZA ESPAÑOLA
Publicado en el Núm. 39 (EPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".
Que a los falangistas nos gusta mucho el Capitán Alastriste no es un secreto para nadie. Que a mí me gusta mucho tampoco. Desde que apareció el primero de los títulos de la serie, hemos seguido -paso a paso- las aventuras y desventuras de este antihéroe: de este soldado español que malvive en mitad de una España que se deshace. Por eso, desde que anunciaron el inicio del rodaje de una película basada en la historia de Perez- Reverte, esperaba el estreno con ilusión. Más cuando, como se anunciaba, existían medios materiales que convertían esta nueva película en una superproducción española. Ilusión ante este canto al espíritu de nuestro Siglo XVII. Nuestro Siglo de Oro.
¿Alatriste en la España Zetapera? ¿Se llegaría a estrenar esta película, precisamente, en esta España? ¿Podría darse este esquema de orgullo español precisamente en esta España no orgullosa de serlo?
Acudimos al Cine y, en efecto, fiasco. Chapuza española al no saber adaptar un guión espléndido al lenguaje y al tempo cinematográfico. Una historia trepidante comprimida en dos horas de película: mal desarrollo de los personajes, situaciones mal desarrolladas y resueltas y -tiene delito- ritmo lento en muchos momentos de la cinta. Nada menos que ritmo lento contando la historia de Alatriste. Veintisiete millones de Euros -cito de memoria- muy mal empleados por el equipo de rodaje y producción. El estigma del Cine Español no contradicho -en forma alguna- por esta nueva producción.
Sin embargo, y a pesar de lo dicho, resulta una muy buena experiencia ver esta película. Las razones son múltiples y varíadas. Los actores están muy bien. Excelentes. Y la ambientación también. La película te sumerge -desde el principio- en la España fascinante del Siglo de Oro, en una sucesión de imágenes -postales alatristianas- que vienen a reflejar en la pantalla las luces y sombras de nuestro Siglo XVII. Además, ha aproximado el personaje a mucha más gente de la que ya le conocía. Y, en ese aspecto, este alarde de medios cinematográficos ha servido para dar a conocer -todavía un poco más- la formidable historia del Capitán Diego Alatriste, de Iñigo Balboa, del Conde Duque de Olivares -el mismo que reflejaron tan bien Marañón o Elliot- de Felipe IV, del malvado Malatesta... En definitiva, de esa España poderosa que, al mismo tiempo, llevaba dentro el germen de su propia autodestrucción. Del retrato de nuestro país que, con tanto acierto, ha sabido crear Arturo Pérez-Reverte.
Curiosamente, es la gente que no había leído la serie de libros a quienes ha gustado más la película. Y puede ser, ni más ni menos, por razón del súbito descubrimiento -de golpe y porrazo- de este maravilloso universo literario. Sobre todo en un momento tan oportuno de la vida española.
La bellísima actriz Elena Anaya -Angélica de Alquézar en la película- es la que ha puesto el dedo en la llaga en esta cuestión. Ha dicho -ignoro si de forma consciente o, al menos, intuitiva- que la España del Siglo XVII tiene un paralelismo evidente con la España de hoy. Que la España del Siglo de Oro podría ser comparada a la España actual. Yo no me atrevería a decir tanto, pero existen pinceladas, notas y matices que, sin duda, podrían acabar dando la razón a la actriz. En principio, toda similitud podría empezar y terminar en la existencia de pícaros, maleantes y bandas organizadas de malhechores armados hasta los dientes. Pero yo creo que el asunto es un poco más profundo.
La España del Siglo de Oro era una España cercada, asediada, perpetuamente acosada por una gran coalición de enemigos exteriores e interiores. Estas fuerzas extrínsecas e intrínsecas amenazaban, de manera sistemática y constante, la existencia misma de España. Pretendían no ya sólo la eliminación de nuestra posición imperial del mapa del Mundo, sino la desaparición misma de España como Pueblo, como Nación de características nacionales perfectamente definidas. Y así, a la coalición de los enemigos extranjeros, se produjeron sublevaciones en Portugal y Cataluña, con la finalidad de segregar, de separar, estos territorios nacionales de la idea española.
Y ante el acoso de estas enormes fuerzas, reaccionaron los espíritus más egregios de la época. Se hizo gala de un patriotismo crítico, cuyo máximo exponente pudo ser Francisco de Quevedo. Quevedo también amó a España porque no le gustaba y, desde su trichera intelectual, iba abriendo los caminos hacia una idea de regeneración española. Esta idea de patriotismo activo, de patriotismo crítico con la situación imperante, es quizás uno de los legados más importantes del Siglo de Oro. Porque, al fin y a la postre y a pesar de sus muchos adversarios, prevaleció una idea de España, una conciencia nacional fortalecida -precisamente- por razón de los ataques interiores y exteriores.
Y junto a este patriotismo activo de carácter ideológico o intelectual, existe otro tipo de patriotismo desengañado y militante. El recio patriotismo del soldado. Los Tercios como pilar fundamental de la propia existencia de España. Los soldados como espina dorsal de nuestra conciencia nacional, en un ambiente que tan bien ha retratado Pérez-Reverte en sus novelas, y del que Alatriste es exponente máximo y fundamental. Españoles orgullosos de serlo. Capaces de lo peor -y de lo mejor- en aras de una idea de Patria muchas veces difusa, pero suficiente como para forzar el sacrificio en su defensa.
Este es el valor actual de Alatriste. En lo que tiene de descubrimiento de nuestra propia identidad: de ventana abierta a nuevas generaciones de españoles entontecidos por los Planes de Estudio incompletos e ineficaces. A través del mundo de Alatriste, se descubre un universo de españoles capaces de morir por seguir siéndolo. Cerrando filas frente a un enemigo en defensa de una España que, muchas veces, ni reconocerá ni les pedirá ese sacrificio. Alatriste nos enseña que, junto al lado oscuro de lo español, existe un código de valores éticos esencialmente españoles. Rabiosamente españoles.
Resulta chocante que en pleno año 2.006 -en el que se ha seguido cuestionando y debatiendo la propia idea de España- triunfe la figura de Alatriste. El mundo español de contenido universal frente a la España cutre del patroterismo, por un lado, y de simple extinción o anulación por otro. La España de las pocas palabras frente a la España de la palabrería. La España de la acción frente a la España de la contemplación autodestructiva. La España del orgullo frente a la España de Zapatero, de Rajoy y de Carod.
Cerremos filas como en el magnífico episodio de la batalla de Rocroi. Ya lo he dicho en anteriores Columnas: los españoles orgullosos de serlo deben agruparse y luchar. Cerrar filas detrás de las modernas picas y de los modernos arcabuces. Llegar al cuerpo a cuerpo, si es preciso, en defensa de nuestra identidad nacional amenazada. Tan amenazada -o más- que en el Siglo XVII. Y digo más porque, por desgracia, Zapatero no es el Conde Duque y, también por desgracia, el enemigo no llega de frente y con las banderas desplegadas, sino de un centenar de maneras mucho menos nobles y rectas. Agruparos y luchad.

Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 46 años. Falangista. Escribe semanalmente en "La Gaceta Escurialense" su Columna "ANCHA ES CASTILLA". Además, escribe las Columnas "DE PENOL A PENOL" en MINUTO DIGITAL y "EL ATRIL" en "DIARIO DE LA SIERRA".
