Categoría: HISPANIAINFO
10 Octubre 2010
Me piden los Administradores de HISPANIAINFO que escriba una somera carta de despedida ante los lectores del Portal, y ello por razón de mi decisión -ya anunciada anteriormente- de no volver a escribir en ningún sitio durante algún tiempo. Es sabido que nuestro ambiente político está lleno de enanos mezquinos, de inverosímiles santones y de irreparables mediocridades. Tal vez por eso, y desde la Administración de HISPANIAINFO, se pretenda atajar cualquier afirmación malintencionada que mi falta de publicaciones periódicas pudiera motivar. Este Portal -dicho sea esto con admiración, cariño y respeto- está dando un ejemplo de integración entre nuestras distintas corrientes, y ha marcado un sistema eficaz de trabajo que constituye un referente para nuestro futuro. Suponiendo que nosotros tengamos futuro cosa que -en las actuales circunstancias- constituye una afirmación más que optimista.
Mi marcha no tiene ninguna relación con el nacionalsindicalismo o con sus actuales responsables. Todos y cada uno de ellos carecen de cualquier peso específico para marcarme tiempos o para servirme de referencia política especial. Hace mucho que dejaron de interesarme las propuestas y afirmaciones de nuestros asombrosos dirigentes salvo cuando -claro está- tengo que poner ejemplos públicos de lo que no debemos decir o hacer, plantear acciones judiciales -extremo este que me ha llevado a conocer profundamente a los protagonistas de nuestras desventuras- o reir sanamente en reuniones de amigos. Estos responsables -en un curioso alarde de catetismo práctico no encontrado en ninguna otra opción política de la que tengamos noticia- también dicen lo mismo de mí. Dicen que yo no les intereso y que carezco de peso específico. Curioso. Sobre todo cuando modifican el partido al ritmo de mis denuncias públicas -con sus actos internos me llevan dando años la razón- represalian a aquellos falangistas que tienen relación conmigo y me insultan -de una forma anónima y constante- con una fiereza y acometividad antes no vista en nuestro entorno político. Curiosa manera de pasar desapercibido en medio de esta peculiar piara.
Nada de lo que haga o diga esta pandilla impresentable es capaz de apartarme de nada. Que no se hagan ilusiones ni -como dice un gran amigo y Camarada- saquen pechito delante de sus novias por haberse enfrentado a Nacho Toledano. Todavía les queda recorrer un buen trecho vital para ser capaces de eso.
Lo que pasa realmente es que estoy muy decepcionado, muy desilusionado y muy desesperanzado. En ese orden. A veces, la vida duele. Abismos oscuros que, de forma inesperada, se abren bajo tus seguridades más férreas. En función de ese estado mental, me he impuesto un período de retirada pública y de reflexión sobre los próximos pasos a seguir. La verdad es que se me han quitado las ganas de escribir. No soy capaz de hilar los conceptos necesarios para la formulación coherente de ideas escritas. Ni quiero -falta de ganas- ni puedo -falta de recursos técnicos- dedicarme a esto en este preciso momento. Y poco más, porque no puedo explicarlo mejor.
Que nadie se equivoque. Mi retirada tiene una motivación estrictamente personal, y en nada se refiere a la lucha que -contra los sectores más reaccionarios, vulgares, ignorantes, integristas, iletrados y anticuados del nacionalsindicalismo- he ayudado a mantener viva en estos dos últimos años. Márquez, Garrido o Pico -los apellidos de nuestra desusión y de la pérdida constante de nuestras oportunidades estratégicas- no son más que cadáveres políticos, al igual que lo son -con mayor dignidad- todos nuestros demás dirigentes. Espectros arcaicos sobre un desierto yermo del que -al día de hoy- nos resulta imposible salir. Unos pocos mandando sobre cada vez menos falangistas, en una ficción de ideología y de autoengaño colectivo de muy difícil parangón en la España del Siglo XXI: la de creer que todavía somos una opción política encabezada por líderes capaces.
Nuestra situación política interna tiene unos responsables directísimos, los cuales son conocidos por todos nosotros. Sin excepción. Y ante las actuaciones de esta gente se puede o bien señalarles con el dedo y luchar por su desaparición de nuestra vida pública, o bien seguir mirando para otro lado y confiar de forma estúpida en que todo esto se va a arreglar sólo. Sólo a través de un proceso revolucionario interno de redefinición de las personas del nacionalsindicalismo -y del proyecto del nacionalsindicalismo- podríamos empezar a poner la primera piedra de nuestro renacer político. Muchos creemos todavía en este proceso transformador, y seguiremos luchando por él dónde, cuándo y cómo podamos.
Allí me encontraréis siempre, porque la lucha continúa. La clave es la coordinación de nuestras distintas posiciones dentro de un ámbito democrático de actuación. Todos aquellos Camaradas que, durante estos dos últimos años, se han dedicado a desenmascarar a estos fantasmones hipócritas -al tiempo que luchaban por otros esquemas integradores de organización política distintos del vigente- me tendrán siempre a su lado sin ninguna vacilación. No dando ni un minuto de tregua a los que han llevado al falangismo a su estado actual de inoperatividad e ineficacia. Gracias a todos.
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26 Julio 2010
Han sido los protagonistas más sacrificados, abnegados y silenciosos de la Transición. Se exigió de ellos un comportamiento excepcional en un tiempo también excepcional. Cumplieron de sobra. Con esta actitud serena y firme, los Militares Españoles rindieron un servicio innegable a la Nación pero, al mismo tiempo, hipotecaron su futura actuación a estos modos resignados y silenciosos. Este comportamiento excepcional -que exigían las concretas circunstancias históricas del momento- se convirtió sin embargo en norma y patrón constante de conducta, a pesar de que las circunstancias han cambíado. Contumaces mudos de uniforme. La resignación concebida como virtud castrense y el silencio entre los valores militares. Y así, año tras año, se ha ido conformando un nuevo -y particularísimo- perfil del Militar Español. Ciudadanos sin opiniones visibles, parecen no tener criterio alguno sobre las gravísimas materias que, ahora más que nunca, nos están afectando a todos. Difícilmente encontraremos un ejemplo similar. El caso de un colectivo que, no se sabe bien si por voluntad propia o por imposición ajena, ha perdido la voz, constituyendo un especialísimo grupo profesional dentro del conjunto de la sociedad española. Un grupo al que no se escucha porque -entre otras cosas- ha perdido toda posibilidad de manifestar sus inquietudes y sus puntos de vista. De esta forma, han asistido impasibles a la adopción -por los sucesivos Gobiernos habidos desde finales de los años setenta- de medidas que les afectan sin poder manifestar nada al respecto. Nada que no sea la más firme adhesión a las mismas, por supuesto.
Se podrían relatar esquemáticamente los acontecimientos históricos de los últimos años españoles marcando como hitos las sucesivas renuncias y demás pérdidas de derechos de los integrantes de nuestras Fuerzas Armadas. En progresión constante, esta pérdida se ha manifestado no tanto en la pérdida de poder adquisitivo derivada de los salarios militares, sino también en aquellas materias de orden moral -espiritual- que contribuyen a forjar los caracteres propios de cualquier agrupación castrense. Las últimas noticias al respecto vuelven a marcar algunos de estos hitos. Por ejemplo, los recortes salariales aprobados por el Gobierno Zapatero o la privación, por parte de la gestión de la Ministra de Defensa Carmen Chacón, de inveteradas tradiciones castrenses en determinadas ceremonias o ritos.
Mucho se ha venido hablando en estos días del llamado descontento militar a raíz de estos últimos acontecimientos. Y lo primero que debemos plantearnos, siempre y al hablar de este espinoso tema, es -si de verdad- existe tal estado de descontento entre nuestros militares. Porque cabe la posibilidad de que, tras tanto repetir que nuestros soldados carecen de opinión, ellos mismos se lo hayan acabado creyendo. Es posible que, tras años y años de presión gubernamental -más o menos sutil- sobre los Ejércitos, se haya convertido el Militar Español en un ciudadano preocupado únicamente por aquellos extremos indispensables para el desarrollo correcto de su labor profesional. Fuera de estas tres o cuatro cosas esenciales, bien pudiera ser que a nuestros miltares no les interese un comino ni la recesión, ni el ascenso nacionalista, ni la crisis bancaria, ni los instrumentos democráticos de participación directa, pongo por ejemplo. La eterna ficción no sólo de que los soldados no opinan sino de que, además, no tienen derecho a intervenir en la vida pública en ningún caso. Esta circunstancia está en íntima conexión con su prohibición de sindicarse en defensa de sus intereses profesionales.
Creo que los militares tienen derecho no sólo a hablar, sino a luchar por sus legítimos derechos. A crear Sindicatos que les defiendan y que, a la vez, sean el germen de una forma futura de participación en nuestra vida pública. No resulta lógico propugnar una sindicalización de la vida española no reconociendo, al mismo tiempo, este derecho a un importantísimo sector profesional. Tal sería, además, el paso indispensable hacia el modelo de Fuerzas Armadas que estamos propugnando. Siempre y cuando estemos propugnando alguno, claro está. Y es que, para los que creemos que los soldados deberían tener la posibilidad de constituir sindicatos y a trabajar en ellos en defensa de sus intereses propios, la prohibición contenida en el artículo 1 de la Ley de Libertad Sindical resulta demasiado tajante en su limitación. Máxime como cuando, en el caso de España, el art. 28 de la Constitución no prohibe la sindicación militar, sino que la permite en la forma y condiciones que requiera su especialísima función. La cuestión no ha dejado nunca de replantearse. Desde una perspectiva jurídica no han faltado voces que manifiestan que esta prohibición es contraria, además, a la legislación internacional al respecto. El poder político ha venido a limitar todo lo posible la posibilidad de agrupaciones profesionales dentro de los Ejércitos. España y su tradición juntera y ese miedo ancestral de los civiles a cualquier clase de influencia militar en la vida pública.
Y ello es injusto. La inexistencia de sindicatos provoca -de manera directa- una imposibilidad práctica del soldado en canalizar adecuadamente su descontento. De este simple derecho de agruparse y protestar -que disfrutamos todos los españoles por el solo hecho de serlo- carecen los miembros de las Fuerzas Armadas. Esto no deja de tener una importancia capital a la hora de contemplar el marco de las relaciones entre los militares y las distintas instituciones del Estado. Porque, por lógica, las reclamaciones de nuestros soldados no tienen la fuerza suficiente como para presionar eficazmente sobre sus responsables políticos. Muchas veces, no dejan de ser murmuraciones de café o rumores sin ninguna consistencia informativa, dejando al soldado al arbitrio absoluto de cualquier clase de decisión política.
Lo estamos viendo todos los días. Hoy es una carta en un periódico que, firmada por un Coronel retirado, protesta por el trato dado por la Ministra a La Legión. Ayer era la Bandera izada en el Monte Orbea por un grupo de soldados fulminantemente expedientados. Así sucesivamente. Quejas inconexas y aisladas. Protestas individuales y -casi siempre- expresadas en voz baja y con el mayor de los cuidados. Reclamaciones que, en el mejor de los casos, merecen un pequeño espacio en cualquier Diario de tirada nacional y la mirada hacia otro lado del resto de sus compatriotas.
La Transición los ha convertido en los tres monos de la sociedad española. Vivimos en la ficción social de que nuestros soldados ven, oyen y no opinan. Habrá de todo, pero yo creo que existen militares -tal vez los menos todavía- que se están dando cuenta que la situación económica y política ha dado un giro radical, que estamos viviendo un verdadero cataclismo financiero e institucional y que, por estas razones y por muchas más, está desmontándose muy rápidamente el esquema de valores construídos alrededor del consenso constitucional de 1.978. Existe un nuevo Soldado Español, al igual que existe un nuevo modelo de profesional en todos los ámbitos de la vida social y económica. Personas que han tomado conciencia de que se avecinan cambios importantes y que debe trabajarse por nuevas formas sociales más justas. Y así, al igual que ocurre en el resto de los sectores sociales europeos, el primer paso de estos soldados concienciados sería el reconocerse. El segundo, agruparse. Y el tercero, ponerse a trabajar en ello.
Se está avecinando un mundo nuevo. Vivimos un momento verdaderamente excepcional y único. La sociedad está cambiando, y todo ciudadano español tiene derecho a manifestar su opinión respecto a esta sociedad en tránsito. Incluso nuestros militares. Deberían tener la oportunidad de debatir y pronunciarse sobre cuestiones tales como las actuaciones de política exterior de España, dotación presupuestaria, política de ascensos y personal, respeto a las tradiciones militares, progresión nacionalista y unidad nacional o las nuevas condiciones económicas y sociales. En otras palabras... lo normal entre profesionales que quieran defender sus puntos de vista frente a sus respectivos responsables. Partiendo de la base de que existan militares provistos de estas inquietudes, y a la espera de las oportunas reformas legales que permitieran la sindicación militar, puede afirmarse que sólo una adecuada agrupación de estos profesionales -según sus sensibilidades respectivas- podrá servir de palanca de presión eficaz sobre el poder político. Sólo formando núcleos activos dentro de los Ejércitos se podría inquietar lo suficiente a sus responsables políticos como para tomar en consideración sus demandas. Germen de un modelo de sindicación militar alejado de los intentos que, hasta este momento, se han estado realizando sobre la base de un sindicalismo de clase de corte tradicional.
Esos intentos corporativos han demostrado no ser válidos para la realidad militar, si bien nos han ofrecido ejemplos y valiosas experiencias prácticas. En este sentido, y como ejemplo, basta recordar los esfuerzos asociacionistas dentro de la Guardia Civil. En esencia -y en lo que tendrían de novedad- el funcionamiento de estos núcleos -en un primer momento- podría articularse de esta sencilla forma, y a través de la siguiente mecánica de trabajo:
Una primera fase organizativa, en la que se agruparían los integrantes de estos núcleos en función del lugar en el que están destinados. De esta forma, quedarían agrupados estos profesionales por razones de proximidad en un mismo cuartel o situación administrativa. Estos núcleos quedarían coordinados y dirigidos por alguna clase de Mesa Nacional elegida democráticamente. En un primer momento, y dada la casi absoluta certeza sobre la existencia de expedientes disciplinarios y sanciones, no debería darse a conocer públicamente la identidad de los integrantes de estos grupos de trabajo.
Constituído ya el núcleo en cuestión, y después de determinada la forma y condiciones de trabajo, comenzaría su papel de debate y análisis de los puntos a estudio, así como la elaboración de discusiones y propuestas.
En una última fase, las conclusiones, ideas y peticiones se publicarían en todos los Medios de Comunicación que pudieran estar interesados en su difusión. La importancia de la publicación de un documento de esta clase queda fuera de toda duda.
Valgan estas opiniones como una primera reflexión, pero dejando abierta la materia a cualquier reflexión o debate serio. Camaradas habrá con muchísimo más conocimiento que el mío de la cuestión. Abrir un debate acerca de la misma es ya -en si mismo- un factor positivo y dinámico.
servido por IGNACIO
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23 Junio 2010
Siempre es algo positivo -y muy alegre- el poder hablar bien de algo y de alguien. Y cuando ese alguien es un amigo mucho más todavía. Por eso ahora -olvidándome de tanto gaitero sin gaita, de tanto baboso engolado y de tanto pasayo sin zambomba- voy a hablar del reciente libro de Luis Miguel Villegas Juan Gerardi o el Precio de la Verdad. Me alegra poder hablar muy bien de alguien, aunque no sea oportuno -ni mucho menos- deseable en estos tiempos de confusión y cambalache. Y eso que, desde luego, se trata de una obra singular. Y no es que el libro no esté bien escrito -que lo está- o que no sea ameno -que lo es- o que no se lea de un apasionado tirón -que se lee- sino que, además de todo eso, supone todo un descubrimiento. El descubrimiento de una historia de violencia y sufrimiento que -como todos los relatos que se precien de serlo- tiene sus propios héroes y villanos... sus culpables y sus inocentes. Porque el libro trata acerca de una situación muy poco conocida en este lado del mundo: una de esas historias que podemos ver -casi a diario- en las imágenes distantes de un telediario a la hora de cenar, y que escuchamos sin ninguna atención. Matanzas aquí, huelgas allá y demás. Esa larga lista diaria de sufrimientos a los que -de manera terrible y desapasionada- se ha habituado el hombre occidental a mirar sin ver mientras come.
El libro trata de una de esas historias y de uno de esos países: Guatemala. Una situación política y social absolutamente desconocida en España. Guatemala y su turbulenta Historia durante el último tercio del Siglo XX: miseria de muchos y riqueza de pocos, guerrilla, paramilitares, golpes de Estado, elecciones trucadas, intervención yanqui y contrainsurgencia. Leer que estos han sido los elementos habituales del día a día guatemalteco no sorprende ya que, por desgracia, son comunes a toda Centroamérica. Lo que sorprende no es la sangre, sino la forma y condiciones en que la misma se vertió: la planificación de una violencia armada diseñada y ejecutada por un Ejército contra su propio pueblo. Un escalofríante panorama de represión, violencia y tortura que -como siempre- afecta a los más débiles. Un horrendo y salvaje aquellarre de sangre y dolor muy difícil de asimilar desde nuestro lado -la orilla acomodada y satisfecha- del río. Máxima tensión social entre poseedores y desposeídos que se traduce en una dura -durísima- confrontación armada que hace imposible cualquier intento no sólo de una solución pacífica al problema, sino del simple diálogo o debate político.
Y sobre esta perspectiva de sangriento enfrentamiento se hace grande la -hasta ahora y al menos para mí- desconocida figura de Monseñor Juan Gerardi Conedera, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Metropolitana. Juan Gerardi creyó -con razón- que el papel de la Iglesia en esta terrorífica confrontación no era la de ser un espectador pasivo -meramente caritativo- del dolor del pueblo. La Iglesia debía estar con el pueblo y servir de instrumento de transformación social. La Iglesia no sólo reconforta, sino que trabaja decididamente por una nueva sociedad más justa. En otro caso, la comunidad católica pierde su principal finalidad dentro de un mundo en conflicto: luchar contra las situaciones de injusticia, concebidas como el mayor atentado contra el orden querido por Dios. El capitalismo entendido como el mayor de los pecados y Cristo como ejemplo de redención viva entre un pueblo que lucha...
Y así, la Iglesia se convierte no en un simple refugio de pecadores que huyen de la violencia y de la muerte, sino en un instrumento activo de la transformación social. Cristo es Revolución. Como falangista, me siento más cerca de esa Iglesia militante y comprometida con la causa de los pobres que con aquella otra a la que -muchos de nosotros- seguimos fieles. Esa Iglesia introvertida y enfrascada en interminables debates teológicos que tienen su centro en la liturgia o en una lectura reaccionaria -cuando no de simple y mero rechazo- del Concilio Vaticano II. Frente a esta visión eclesial de los países ricos, se alza -principalmente en el Continente Americano- el ejemplo del sacrificio de Jesús entendido como doble liberación: individual y colectiva. El Hombre Nuevo que lucha por un mundo más justo siguiendo el ejemplo de Cristo.
No entiendo ni una sola palabra de Teología ni me siento capaz de brindar una interpretación sólida y fundamentada del Nuevo Testamento. Sólo sé que existen sectores de la Iglesia que se han comprometido con la misma causa con la que debemos comprometernos todos los falangistas. La Causa de los Pobres. Y como falangista, también sé que han dejado de importarme hace mucho todas aquellas lecturas del Evangelio que no nos conduzcan a una Fe socialmente transformadora y solidaria. La salvación del alma a través de la salvación del hombre. Y es en esta concepción del Catolicismo militante donde brilla, con la luz propia de los justos, el ejemplo de Monseñor Gerardi.
Juan Gerardi es asesinado en Guatemala por una conspiración ultraderechista gestada en las más oscuras cavernas de los servicios estatales de inteligencia. Las cloacas del Estado frente a la honesta solidaridad de un hombre bueno. Dos concepciones del mundo frente a frente. Se enmarca así Gerardi dentro de un nuevo martirologio que ha venido a darnos ejemplaridad cristiana: concepción del Magisterio entendido como opción preferencial por los pobres, en la línea de Ignacio Ellacuría o de Óscar Romero. En el caso de Gerardi, además, la cuestión está estrechamente relacionada con algo que está tocando muy de cerca a la sociedad española. Nada más y nada menos que la llamada Memoria Histórica.
Una vez terminado el conflicto armado en Guatemala, la Conferencia Espiscopal de ese país entiendió que -a los efectos de lograr una auténtica y definitiva paz social- se imponía el deber de llegar a un conocimiento exacto, exhaustivo y profundo de lo que había ocurrido en Guatemala. Se partía de la base de que las víctimas deben hablar. Relatar sus vivencias personales de violencia. Dar datos, extremos y circunstancias. Designar a los culpables. Y así, contando en todo momento con la inspiración de Monseñor Gerardi, se publica el Informe REMHI: Informe del Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica.
La tesis de Gerardi -y de la Iglesia de Guatemala- es muy simple. La impunidad de los culpables perpetúa la situación de violencia y de injusticia. La impunidad no sólo consiste en la ausencia de castigo a los culpables, sino en el silencio de las víctimas. Los afectados pueden paliar su sufrimiento no sólo buscando un resarcimiento material, sino relatando extensamente las situaciones de violencia a las que han sido sometidos. Liberarse de esa pesadísima y dolorosa carga, así como buscar remedio y consuelo dentro del seno de la Iglesia. Bajo los auspicios de Gerardi, no sólo tiene lugar esta extensa recopilación de nombres, fechas y datos -las espeluznantes circunstancias del horror recogidas en miles y miles de fichas- sino también la búsqueda de mecanismos de diálogo. Foros de comprensión y debate dónde se aproximen posturas enfrentadas. Construir los cimientos de una futura -y duradera- paz social.
Gerardi comprendió perfectamente el concepto de Memoria Histórica. Porque, a diferencia de lo que ha ocurrido en España, este proceso de recopilación testimonial se abre justo al terminar el conflicto, y no como ha ocurrido aquí: iniciado más de cuarenta años después, y tiene lugar entre las personas que han sufrido directamente las consecuencias de la guerra, y no entre descendientes que, por fuerza y por lógica, tan sólo son conocedores indirectos de los hechos expuestos. Gerardi reúne, por si esto fuera poco, a todos los elementos humanos del conflicto e intenta reconciliarles a través de esta búsqueda de la verdad. De esta forma, el proceso adquiere una sincera profundidad que, desde luego, dista mucho de tener en España. Aquí, se han reabierto heridas que ya estaban cerradas, quedan pocos supervivientes, se escucha sólo a una de las partes del conflicto y, por si todo lo anterior no bastara, la cuestión no deja de tener un más que marcado barniz electoralista. Una forma de galvanizar los sentimientos de las distintas izquierdas españolas a la hora de homogeneizar su respaldo al Gobierno socialista, pero que no resulta útil en la búsqueda de una efectiva reconciliación nacional.
Monseñor Gerardi es asesinado nada más presentarse este Informe REHMI. El silencio que la violencia pretende imponer o el precio de la Verdad del que habla el título. Ejemplo pastoral que es contado por Luis Miguel Villegas de una forma amena y ágil. Si entendemos que la sangre de los Mártires es semilla de nuevos cristianos, encontraremos en Monseñor Gerardi inspiración y guía para luchar por una sociedad más justa. Un libro que -evidentemente- hay que leer, y que han editado recientemente nuestros amigos de Barbarroja. Imprescindible.
servido por IGNACIO
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6 Mayo 2010
La Plaza Do Carmo es una de las Plazas más bonitas del mundo. Allí vive el alma de Lisboa. Un alma de tranquilidad, primavera y palomas. Plaza Do Carmo. Y en la Plaza... el Cuartel. Una garita con su guardia de uniforme gris -de gala en días de fiesta- sable desenvainado y rigidez castrense en las fotos para los turistas. Y en el suelo te encuentras una placa... una placa que pasa inadvertida para muchos de los que pasan sobre ella. Sencillas palabras que, en el suelo, nos recuerdan el lugar desde donde el Capitán Salgueiro Maia intimó a la rendición -nada más y nada menos- que al Gobierno de Portugal. A su propio Gobierno. Y no deja de ser bonito -mucho- ver cómo sobre la placa juegan los niños, se abrazan los novios y pasean los turistas. Y no deja de ser bonito -mucho- pensar que, cuando las Revoluciones terminan, los niños juegan, los novios se abrazan y los turistas pasean sobre las placas. Tal vez, el Capitán Salgueiro Maia lo pensó -sólo un segundo porque estaba en otras cosas más urgentes- al mismo tiempo que ordenaba rocíar de plomo la fachada del Cuartel -sólo fusiles de asalto- y mientras intentaba poner un poco de orden en esa algarabía de gritos, disparos y canciones. Tal vez, el Capitán Salgueiro Maia pensó -durante ese segundo fugaz- que, cuando todo aquello terminase, volverían a la Plaza los novios, los niños y las palomas. La mirada del Capitán Salgueiro Maia -tal vez- ya los estaba observando en medio de aquel desbarajuste.
Cuesta imaginar que aquí -justo en medio de esta quietud- se desarrolló uno de los principales actos de la Revolución. El 25 de Abril de 1.974 el Presidente Marcelo Caetano -brillante sucesor del todopoderoso Salazar- se refugió en este Cuartel, y en él fue cercado por las tropas del Capitán Maia. Intimando a su rendición, las tropas revolucionarias abrieron fuego sobre el Cuartel, mientras centenares de manifestantes les aplaudían -unos segundos antes- y cantaban el Himno Nacional. Heróis do mar nobre Povo... un pueblo y su Ejército unidos en el anhelo común de la transformación social. Aquí es donde el Presidente negoció los términos de su rendición. Donde se acordó su exilio a Brasil y donde se compuso -apresuradamente- el Gobierno Provisional del General Spínola. Los Capitanes revolucionarios dejaban paso a un General conservador. Pero esta es otra historia. La que vino después de esos instantes únicos.
Y la verdad es que la imagen tiene fuerza. Origina una mística propia e intransferible. La mística de la Revolución. La mística de los Claveles.
Os diría que -a mí- también me hubiera gustado que la Revolución de los Claveles fuera falangista. Me hubiese gustado que los Salgueiro Maia, los Otero Saraiva de Carvalho, los Vasco Lourenço, los Ramalho Eanes y los demás militares revolucionarios del MFA fueran falangistas. Pero os mentiría porque -a fin de cuentas- no dejan de estar bien tal y como están. Ni lo eran ni falta que les hizo. Hijos portugueses del durísimo tiempo que les tocó vivir, actuaron -conforme a su conciencia- frente a una insoportable realidad que debía ser transformada. Tenían clara -meridianamente clara- la distinción entre el Bien y el Mal. El Bien estaba en la alegría de sus soldados, en las risas de las vendedoras de flores, en las canciones y en el grito alborozado de los lisboetas, en la multitud que aplaudía su paso por las calles estrechas. El Mal estaba en las emboscadas guerrilleras de Angola y Mozambique, en las represalias, en los gritos de los torturados y en el dolor del soldado herido, en los pueblos quemados, en los muertos propios y ajenos, en la PIDE, en la miseria semianalfabeta de un pueblo encadenado. Ellos habían conocido -de sobra- el Mal. Y se estaban redimiendo -de la guerra y del miedo- aquella mañana de Abril en Lisboa.
Hicieron lo que debían hacer los hombres honrados. No eran falangistas, pero estuvieron -en aquel ya lejano 1.974- donde debemos estar siempre los falangistas. Del lado de los pobres. Del lado de los que no tienen voz. Del lado de los compatriotas más débiles. Del lado del sindicalista perseguido. Del lado del obrero explotado. Del lado del campesino pobre utilizado como carne de cañón en una lejana guerra interminable. Del lado del intelectual censurado. Del lado -en definitiva- de todos aquellos portugueses que exigían pasar la página de una larga dictadura y de una situación nacional bloqueada. Por todos ellos, este grupo de militares llevó a cabo un gran cambio político. Una Revolución que ha pasado a la Historia como uno de los mitos políticos más hermosos e irrepetibles del Siglo XX.
El gesto de estos militares abrió un período revolucionario convulso y poco definido. Constituyó el inicio de una etapa histórica -el llamado Período Revolucionario en Curso- y de la existencia de una sucesión de Gobiernos Provisionales -nada menos que seis- como marco de una confrontación entre sectores políticos contrarios. De todas formas, la Revolución finalizó -como todas las revoluciones- con una normalización institucional. Al final, se impusieron los partidarios de hacer de Portugal un Estado más dentro del ámbito de las democracias de corte capitalista y occidental. Había muerto Abril bajo las premisas normalizadoras del aburridísimo sistema político europeo. Se retiraban los Capitanes y llegaban los Diputados. La Tercera República que sucedió a la Dictadura y que, al día de hoy, constituye el marco de la vida política portuguesa.
Y es que la larga mano de la Revolución se ha extendido hasta nuestros días. Eso se llama impronta histórica. La facultad que determinados hechos históricos tienen de proyectarse en el tiempo y llegar hasta nuestro presente. De estar tan vivos entre nosotros que -todavía al día de hoy- nos mueven a tomar partido: a rechazarlos o aplaudirlos como -si de verdad- estuvieran pasando en este preciso momento. Sin embargo, y a pesar de esta evidente proyección temporal, no deja de sorprenderme la polémica que -hace tan sólo unas semanas- suscitó mi columnita en HISPANIAINFO al defender desde sus páginas el recuerdo de la Revolución de Abril. Una vez más, se ha desatado un debate no siempre provechoso. Intervenciones muy bien fundamentadas -mi admirado y muy respetado Juan Fernandez Krohn y su sólida y enciclopédica cultura- y otras no tanto -los pobres chupatintas anónimos de la Red que me atacarán siempre: escriba lo que escriba y haga lo que haga- pero todas ellas expresando su opinión respecto a este capítulo pasado de la Historia de Portugal.
No deja de parecerme curioso como -ante este concreto hecho histórico- también vuelven a quedar retratados los dos grandes sectores en los que, a fecha de hoy, se divide nuestro movimiento nacionalsindicalista. Un fenómeno mil veces repetido a la luz de acontecimientos diversos. No dejan -dejamos- de suscitar esta clase de polémicas a la más mínima oportunidad, surgiendo así las dos tendencias que nos caracterizan. Ala derecha y ala izquierda.
Un ala derecha conservadora que, si bien tímidamente, defiende el régimen salazarista y que, con mucha menos timidez, rechaza el proceso revolucionario iniciado en Lisboa el 25 de Abril. Este sector falangista invoca -como causas de su oposición- los excesos revolucionarios cometidos durante este período, el carácter marxista de muchos de los capitanes alzados o -simplemente- la necesidad que Portugal tenía de mantener sus territorios de Ultramar. De lo que pudo leerse, hubo hasta intervenciones defendiendo la política colonial de Salazar, a la siniestra PIDE -o Policía Política del Régimen- o, sencillamente, invocando al orden social frente al caos. También -en un exceso de celo altamente loable- se terminó por llamar traidores a los militares rebeldes. Todas estas intervenciones me permitieron constatar el inveterado respeto que -un amplio sector azul mahón- sigue guardando hacia los regímenes dictatoriales de derecha. Del mismo modo, pudimos constatar el miedo -de esta concreta corriente falangista- hacia estos estados sociales de confusión y demolición del orden establecido. Viejas querencias hacia el Altar y el Trono de las que cuesta deshacerse.
Por el contrario, existen falangistas -existimos- que se siguen emocionando escuchando Grandola Vila Morena o ensanchando su corazón -viviendo el momento y buscando un instante de optimismo- en alguna de esas maravillosas fotos en blanco y negro tomadas ese día. Existen falangistas que creen -creemos- que ante la injusticia de un Régimen sólo cabe su sustitución por otro más justo y libre. Que siguen -seguimos- afirmando que el mundo portugués se transformó después del 25 de Abril, y que aquel día sonó la hora de los gestos nobles y del desinterés revolucionario. Que sostienen -sostenemos- que aquellos Capitanes traían la Libertad, a pesar de los seis Gobiernos Provisionales subsiguientes, de la tremenda pugna entre las distintas corrientes y del triunfo final de un modelo político muy poco revolucionario. Pero para eso, todavía faltaba tiempo. El 25 de Abril se colocaron claveles en los fusiles y todo era posible. Que dicen -decimos- que estos nudos sociales de pobreza y de ignorancia deben ser desatados por todas aquellas personas que pretendan una evolución positiva.
Decíamos antes que Salgueiro Maia no era falangista. Tampoco creo que él lo echara demasiado en falta. Sin embargo, estuvo dónde debían estar los hombres buenos: derrocando una tiranía. Pasadas estas jornadas memorables, volvió a retirarse a su Cuartel. No quiso ningún puesto o cargo público. Se conformó con haber contribuído -decisivamente- a la llegada de la Libertad. Su mirada tenía la nobleza de los hombres que -hartos de una situación insostenible- saben arriesgarse y darlo todo. Avanzar hacia un mundo nuevo, esperanzado y -tal vez- imposible. La mirada del Capitán Salgueiro Maia.
servido por IGNACIO
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7 Abril 2010
Abril es Revolución. Esta es la consigna que pude leer -hermosa y flameante como una bandera- escrita en una pared de una calle de Oporto el pasado verano. Difícilmente podremos encontrar una aseveración más portuguesa. Pero -del mismo modo- me alegra comprobar como esta sencillísima frase nos llega -a nosotros- al corazón. También en este lado de nuestra siempre difusa frontera. Acertadamente, resume -en tres palabras- toda nuestra visión del mundo. Nuestra concepción de la Revolución como una explosión de luz después de una negra noche de miseria y de indignidad. Resulta que esta metáfora se hace todavía más evidente tras un invierno duro como el sufrido en este año. Sol y cielo azul después de la ventisca, el frío y la nieve, y la Revolución concebida como un fecundo y liberador cambio de estación. Change of seasons lo llaman los anglosajones.
Metáforas aparte -aunque sean tan acertadas como esta- nos encontramos ante una situación política que necesita -de manera evidente- un cambio de estación. El gran entramado económico capitalista se ha desplomado, arrastrando en su caída a las pequeñas economías familiares. El desempleo aumenta sin cesar. Nuestros responsables políticos se han visto desbordados por estas inesperadas circunstancias, y no saben más que insistir en la validez de las antiguas fórmulas hoy en día inoperantes. Corrupción política. Crisis del sistema bancario tradicional e insistencia de nuestros responsables en mantenerlo operativo contra viento y marea. Una tras otra, podríamos ir enumerando toda esta serie interminable de circunstancias interrelacionadas. La suma de todas ellas nos conduce -inevitablemente- a proclamar la necesidad de la Revolución. La noche fría y oscura que Abril debe romper.
Un Abril de claveles y sonrisas. Un Abril de alegría callejera y de personas unidas en el anhelo común de cambiar las cosas. Un nuevo Abril lisboeta y revolucionario.
Los falangistas estamos definiendo acertadamente el origen de esta insondable crisis capitalista. Sabemos concretar los puntos esenciales sobre los que pivota esta situación de emergencia. Lo llevamos haciendo desde que todo esto se inició. No tiene ningún mérito, porque esa es la parte más fácil. Porque para pasar este peculiar examen, basta con tener un poco de cultura política unida a una mayor o menor claridad expositiva. Sin embargo, y también como siempre, estamos fallando en el paso siguiente. En el de ofrecer soluciones al pueblo español y en el de conectar con sectores más o menos amplios del mismo. No estamos poniendo a trabajar nuestros escasísimos recursos en una dirección revolucionaria correcta. No estamos organizando -ni tan siquiera contribuyendo a ello- a articular con éxito algún tipo de vía insurreccional. Supongo que, en nuestro actual estado de desunión y de absoluta falta de proyecto político, no podemos esperar otra cosa. Bastaría una actuación coordinada de todos nosotros para mejorar la situación, ofreciendo un discurso homogéneo a distintos segmentos españoles de población. Pero esta es otra historia. La tediosa -y triste- historia de los que prefieren seguir aislados en su parcela mínima en vez de buscar puntos de coordinación entre nosotros. Mientras tanto, navegamos -de la mejor manera en la que cada uno puede o sabe- por los oscuros mares de esta convulsa España de la desesperanza.
Volverá a reír la primavera. También rió la primavera en Portugal el 25 de Abril de 1.974. La primavera de Lisboa y de los Capitanes de Abril. La Revolución que cerraba un largo período en la Historia de Portugal abriendo las puertas de otro. Ventana abierta a soluciones nuevas y una Revolución concebida desde un doble aspecto. Como proceso de evolución personal y como proceso político. Las Revoluciones las hacen las personas. No son el fruto de inexorables procesos históricos entre poseedores y desposeídos, de masas sin alma que toman el poder o lo pierden. Son el producto del trabajo de ciudadanos concienciados que saben qué es lo que hay que hacer para pasar la página. La persona como núcleo esencial de cualquier proceso de transformación social, y un Abril personal -e íntimo- previo a cualquier Abril colectivo.
En la práctica, la Revolución de los Claveles nos ofrece un ejemplo perfecto de praxis revolucionaria. Jerarquías militares intermedias con mando directo en las tropas -Oficiales y Suboficiales- actuando en perfecta sintonía con las fuerzas civiles sociales y políticas defensoras del cambio social. El Ejército como punta de lanza de la transformación de estructuras caducas, en vez de constituir un baluarte armado de las mismas. De esta forma, el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) se convirtió en el sólido garante del proceso revolucionario y de la imposibilidad de una marcha atrás en la Historia. Dotados de un mínimo programa político, estos oficiales -mayoritariamente bregados en las interminables guerras coloniales portuguesas- decretaron el final del largo período salazarista y abrieron las ventanas del Portugal moderno. Abril es Revolución. Ante una situación de agotamiento político de los esquemas existentes, los portugueses supieron encontrar nuevas respuestas sociales y políticas. Y si bien es verdad que el MFA inició el proceso, fue la acción conjunta de todas las fuerzas democráticas portuguesas el mayor factor de consolidación y desarrollo de la Revolución.
Aquellas fotos de la Lisboa de los Claveles nos vuelven a retrotraer a un mundo esperanzado y alegre. Fotos en blanco y negro con el denominador común de la sonrisa, y de la perfecta fusión de un pueblo con su Ejército. Gestos como el del Capitán Maia en la Plaza Do Carmo y claveles en los fusiles. Grandola Vila Morena y lágrimas en los ojos de los veteranos soldados de Angola y Mozambique. Gente con la alegre certeza de que el mañana ya es distinto al triste hoy. Ojead esas antiguas fotos, porque son un antídoto perfecto contra el pesimismo y la desesperación. La alegría de Abril y el alborozo de la Revolución.
La situación europea actual puede ser comparada -sin mayores problemas- con la última etapa del salazarismo. Y ello en lo que tiene de esquemas agotados... de inoperatividad y falta de soluciones viables a los grandísimos problemas sociales planteados. Faltan Capitanes de Abril. Faltan fuerzas revolucionarias coordinadas. Faltan mínimos -aunque necesarios- acuerdos entre todos los que queremos transformar España. Faltan planes para encarrilar nuestros anhelos de una forma efectiva y eficaz. Faltan todavía muchísimos puntos por desarrollar y definir. Falta casi todo todavía.
Pero ha llegado Abril. Y el sol vuelve a brillar sobre la bruma.
servido por IGNACIO
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