Categoría: DESDE MI TRONERA
12 Abril 2012

Los abogados que, de forma habitual, nos ocupamos de asuntos relacionados con los derechos fundamentales al honor y a la intimidad -asistiendo profesionalmente a personajes públicos más o menos populares- nos hemos encontrado, una y otra vez, con la dichosa frase. Un Juez que -mirando seriamente tanto al compañero de la adversa como a este que suscribe-, nos dispara, a bocajarro, un riguroso “les advierto que yo no conozco a sus clientes... les advierto que yo no veo la televisión”. Es entonces cuando sabemos que el pleito va a ser trabajoso. Es entonces cuando somos conscientes -con la tremenda certeza de los que saben, de verdad, de lo que hablan- del hecho de que el proceso vaya a complicarse más de lo normal. Sobre todo si defiendes al demandado: al que ha expresado las frases concretas que se analizan en el juicio. Es decir... al malo.
La razón es muy simple. Los honestos y probos ciudadanos -y los otros también- que ven la televisión saben, como dato público, notorio, manifiesto e incontestable, que no es igual lanzarle un improperio a alguien en el programa Redes que en el Sálvame Diario o en el Sálvame Deluxe... Que no es igual pelearse a muerte, y sin cuartel, por la mañana en Ana Rosa que por la noche en el programa de Cine Español de Cayetana Guillén. Cosas del contexto.
El contexto y su importancia esencial en esta clase de procesos. Dónde se dice algo y quién lo dice. Porque no es igual ser sometido a las filípicas, por ejemplo, de una Belén Esteban o de una Paqui la Coles a serlo -pongo por caso y por nombrar a gente especialmente simpática y querida- de un Monseñor Rouco Varela o de una Fátima Báñez. Esa importantísima combinación entre las expresiones proferidas, las personas que las expresan y el lugar y ocasión en las que se profieren marca la diferencia. Todos esos datos deben ser adecuadamente valorados por el Juez que tenga que conocer de la bronca televisiva en cuestión, y resolver en consecuencia. Analizar el caso concreto en función del contexto -y valorando todas las circunstancias concurrentes- es una exigencia legal de esta clase de procedimientos.
Esta es la razón por la cual tememos la frase de marras. Porque no ver la televisión significa que el Juez no sabe cuál es el tono general de esa clase de programas o cuál es el exacto perfil del personaje popular que estamos defendiendo. En consonancia con ello, tenderá a uniformizar la intensidad de un eventual insulto. Valorará las cosas que se han dicho atendiendo -por lo general- al sentido gramatical exacto de las palabras. Sin mayores esfuerzos.
Y le será plenamente indiferente si estas expresiones se han dicho en mitad de una trifulca enSálvame, oen medio de la virulencia propia de un debate político o viniendo referidas -por ejemplo-, a personas que carecen de cualquier interés o relevancia pública. Uniformizar, en definitiva, y considerar que un improperio es un improperio sea cual sea la ocasión en el que se produzca. Trabajo adicional que tendrá el letrado en cuestión, intentando mostrar correctamente a Su Señoría cuál es el contexto real de la situación fáctica enjuiciada.
El problema excede a las simples cuitas -vulgarmente conocidas por lloros-, de los abogados de este peculiarísimo sector del Derecho, y se adentra, de lleno, en un debate antiguo pero siempre de viva actualidad. En un punto esencial para la buena marcha de nuestro sistema normativo. El de si los Jueces deben basar sus fallos en una aplicación rigurosa -aritmética- y formalista de las leyes o si, lejos de ello, se han de adecuar -de una forma más o menos flexible- a los ritmos sociales imperantes en cada momento. Un Juez aislado en un conocimiento profundo y aséptico de las leyes -alejado del pie de calle- o un Juez sumergido en las cosas de su tiempo, en los hechos sociales que nos ha tocado vivir. Nada nuevo bajo el sol, dado lo dispuesto en el artículo 3 de nuestro Código Civil, que impone la obligación de aplicar las leyes conforme a la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas. Miles de ensayos, comentarios y glosas al respecto se han escrito sobre este tema apasionante.
Y es que, dejando al margen las preocupaciones propias de nuestro muy concreto y cansino sector profesional, no hay duda de que esta cuestión es esencial para el buen funcionamiento de una democracia saneada. No sé vosotros, pero yo creo que nuestros derechos serán siempre mejor defendidos por Jueces implicados que conozcan, de manera perfecta, nuestras realidades sociales y los resortes propios de una sociedad en constante cambio. El automatismo no es bueno en lo tocante a las relaciones humanas. Y es que, a veces, la ley no es suficiente. Hay que ajustarla al caso concreto. Ser aplicada, a ser posible, por Jueces que ven televisión.
servido por IGNACIO
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8 Febrero 2012
Los fieles de una religión suelen decir que, para poder ser considerado como un integrante consecuente y pleno de la misma, el seguidor en cuestión debe aceptar íntegramente el credo y las premisas de la confesión de que se trate. Sin fisuras. Según esto, no cabría un catolicismo a medida o un hinduísmo a la carta porque -en su misma esencia- se encuentra implícita la idea de una asunción total de sus valores propios. Creer no es otra cosa que prestar una aceptación indivisible a una determinada concepción del mundo. La Fe, así entendida, está constituída por un todo o nada místico que, forzosamente, determina nuestra jerarquía de valores morales.
Viene esto a cuento porque, del mismo modo que no se puede hablar de creer sólo un poquito en Buda o sólo un poquito en Jesucristo, también podemos decir que no podemos creer sólo un poquito en el Estado de Derecho. El Estado de Derecho está integrado por un conjunto de valores, principios y usos que, de forma íntima y estrecha, se encuentran relacionados entre sí. Estos principios condicionan decisivamente nuestra existencia en sociedad y nuestro marco de derechos y obligaciones frente al invasivo Estado moderno. Si no creemos en alguno de estos principios, difícilmente podremos creer en los demás. Están interrelacionados: si desarrollamos uno, desarrollamos los restantes. Y si no lo hacemos, estaremos desequilibrando el sistema por defecto. Debemos defender una aceptación completa de este sistema de garantías, aunque nuesta imperfecta democracia esté reclamando un mayor desarrollo que profundice el contenido de nuestros derechos y libertades.
No se puede creer en sólo una parte de los elementos de un Estado de Derecho y orillar sus demás aspectos. Eso nos lleva siempre a contar con un Estado de Derecho nominal e ilusorio. Y podemos permitirnos el lujo de creer un poquito en Jesucristo o de creer en retales de Brahma, pero no podemos permitirnos el lujo de creer parcialmente -un poquito- en el Estado de Derecho. Porque mientras Jesucristo o Brahma pertenecen al mundo místico de los valores espirituales y personalísimos del ser humano, los resortes del Estado de Derecho son un pilar fundamental de nuestra vida social práctica y cotidiana. Por eso, no podemos creer un poquito en el Estado de Derecho. Porque si no lo aceptamos como un todo nos acaba estallando en la cara
Viene todo esto a cuento a causa de uno de los procesos en los que se está juzgando a Baltasar Garzón. Aquel que versa sobre las escuchas a los abogados de la llamada trama Gurtel. Especialmente espeluznante. Abogados que, preparando una adecuada defensa de sus respectivos clientes, son intervenidos en sus conversaciones profesionales y privadas. Un Instructor que, durante esa fase crucial del proceso, conoce de primera mano las líneas maestras de la defensa de los imputados. La peor de nuestras pesadillas. El conocimiento exacto y minucioso de nuestros ejes de actuación profesional en el caso concreto, así como de la versión de los hechos que nos está dando nuestro cliente.
Se han levantado voces que disculpan estas actuaciones. Voces de apoyo incondicional al Magistrado. Se ha opinado en favor de intervenir nuestras conversaciones profesionales en algunos casos tasados y concretos. Creer un poquito en el Estado de Derecho cuando, como es el caso, el derecho de defensa es uno de aquellos derechos sagrados e inviolables del individuo. El derecho de toda persona a defenderse en un proceso con todas las garantías. El derecho a preparar con tu abogado una defensa adecuada y digna. El derecho a hacerlo de manera confidencial y privadísima. El derecho a defenderse frente a imputaciones públicas y privadas, en definitiva. El derecho por cuya vulneración se está juzgando al Juez Garzón.
En esto, como en tantas y tantas otras cosas, se está librando una batalla. Otra batalla en la guerra de la preservación de nuestros derechos fundamentales frente a la omnipotencia de los poderes públicos. La persona -o lo que va quedando de ella- frente a Gran Hermano. A un todopoderoso Gran Hermano que poco, o nada, tiene que ver con el del concurso de la televisión... y mucho más con el de Orwell.
servido por IGNACIO
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11 Enero 2012
Curiosa manía del Estado aquella que consiste en cargarnos con la culpa de todo. Nosotros, los ciudadanos de simple infantería, hemos sido los responsables de todos los males que han asolado, asolan y asolarán España. Nuestros máximos responsables nunca tienen la culpa de nada. Viven –y se desviven-, porque llegue a buen puerto la nave del Estado. No como nosotros. Se me ocurren muchos ejemplos de esto que os digo. Muchos más ahora, por desgracia. Pero hoy quiero hablaros de nuestro flamante ministro de Justicia, y de sus todavía más flamantes ideas sobre la agilización de los procesos en España.
Los Juzgados están sobrecargados y la Justicia, en consecuencia, es lenta. Este es uno de los ancestrales problemas españoles. Menos mal que el nuevo Ministro de Justicia, Alberto Ruíz-Gallardón, ha encontrado la solución de este endémico mal de nuestra sociedad. Al ministro se le ha encendido la bombilla, y ha decidido que trabajemos todos en agosto. Declarar como hábil, a efectos procesales, este mes de verano. De paso, nos deja a nosotros –los profesionales del Derecho-, sin ese tiempo de relax estival. Y es que todos sabemos que la culpa del estancamiento de nuestros órganos judiciales es de los abogados y de los procuradores: no trabajamos lo suficiente para el ministro Ruíz-Gallardón.
Vaya por Dios. Resulta que la culpa de este estado de cosas era nuestra. Los profesionales del Derecho éramos los responsables de que los procesos tengan una tramitación lenta y de que los órganos judiciales estén, literalmente, saturados de asuntos. Y como en el pecado llevamos la penitencia, Ruíz-Gallardón pretende que sigamos arrastrando la cartera de Juzgado en Juzgado también en el mes de Agosto.
Agosto. Un mes en el que muchos de nosotros ya trabajábamos antes de este Ministro y –me temo-, que después de él. Porque se trata de un mes en el que ciertas tramitaciones urgentes no se detienen y porque –inapelable lógica financiera de los Despachos-, tendemos a no cerrar nunca para nunca dejar de generar ingresos. Seguir trabajando en verano para seguir tirando de nuestras economías inestables. Ahora, además y por cortesía de Alberto Ruíz Gallardón, aquellos de nosotros que pretendamos marcharnos en agosto a cualquier sitio deberemos asegurarnos de encomendar a un compañero la eventualidad de tener que acudir a alguna contingencia procesal. Como siempre, no hay problema para los grandes Despachos. El problema viene para nosotros, el resto de los abogados y de los procuradores españoles. Es decir, el noventa y cinco por ciento restantes que, muchas veces, se vería obligado a abonar estas actuaciones realizadas en su sustitución.
El chocolate del loro y medidas cara a la galería. Esto no se va a arreglar añadiendo un mes hábil a nuestras agendas. Se trata de una cuestión de Estado cuya solución requiere muy poca imaginación. Creación de más Juzgados y dotación de más avanzados medios técnicos. Ni más ni menos. Las soluciones que se han venido dando desde tiempo inmemorial –por otra parte- , y que nadie puede acometer en profundidad porque faltan recursos financieros. Gestión de recursos presupuestarios públicos en los que poco, o nada, podemos intervenir los profesionales del Derecho. Ojalá que los ciudadanos pudiéramos intervenir, de forma directa y responsable, en la gestión de estos recursos. Pero esa es otra historia.
Dice Marañón que el Conde Duque de Olivares atribuía a la desgracia los reveses que iban marcando el declive español. Dios castigaba nuestros pecados a través de nuestra decadencia. Ruíz Gallardón –que, desde luego, no es Olivares-, viene a atribuir el estado de nuestra Justicia a los profesionales que trabajamos en ella. En España, ya se sabe, la culpa de todo la tiene el Abogado.
servido por IGNACIO
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28 Diciembre 2011
Dicen que la guerra no es más que una larga y crispada espera. Dicen que los soldados se pasan la vida esperando. Asaltos, trenes, relevos, marchas y contramarchas. Hitos básicos que vienen a romper la monotonía de la larga espera en que consiste esa existencia dura. La realidad triste de la guerra.
Pues algo parecido nos ocurre a los Abogados. Porque nos pasamos la vida esperando. Si sumáramos todo el tiempo que hemos pasado esperando -en un pasillo- a que nos llamen para algo, resultaría una de esas cifras comparadas tan del gusto de las revistas de divulgación científica. Del estilo de "el tiempo que pasa un Abogado en un pasillo a lo largo de toda su vida es igual al que tarda una nave especial en ir a Marte y volver dos veces"... y cosas así.
Lo cierto es que pasamos media vida entre un pasillo y otro. La vida entre pasillos. Citados a determinada hora -vistas, declaraciones y demás contingencias del oficio- casi nunca pasamos al Juzgado a la hora fijada. El resultado no es otro que la espera, porque nosotros -por si acaso- sí somos puntuales. Coger nuestra maleta, nuestra corbata, nuestro traje y nuestro expediente y sentarnos, todo lo pacientemente que podemos, en un banco del pasillo del Juzgado en cuestión. Repasar el asunto y repasar tu vida. También puedes acercarte hasta la máquina de café y sacar uno. He descubierto muy recientemente -y desconozco si ello es un síntoma evidente de alguna anomalía psicológica grave- que me gustan los capuccinos que sirven las máquinas de los Juzgados de la Plaza de Castilla (plazakás en nuestro castizo slang profesional). Nunca lo hubiera descubierto si no hubiera tenido que esperar tanto y tanto en uno u otro piso de este feísimo edificio. Y es que con o sin banco -y con o sin café- lo cierto es que mis Ilustres Compañeros y yo nos pasamos media vida esperando. Esperando a que corra el turno y nos llamen. Y eso a pesar de haberse inventado los ordenadores personales, las BlackBerrys y demás...
Es algo así como la vida misma. Aquella que se desarrolla fuera de las mesas de los funcionarios y de las salas de vistas. Esa vida que, más a menudo de lo que nos gustaría, nos mantiene -a la espera- sentados en los bancos de los largos pasillos del olvido. Esperando no se sabe bien a qué o a quién. Descartados, apartados o excluídos de tomar parte activa en aquellos acontecimientos por los que, al final, habrá valido la pena vivir.
Pero los Abogados -como los soldados- sabemos esperar. E inevitablemente, en un momento dado, escuchamos la llamada que romperá el cadencioso tedio de la espera y nos dará paso. Paso para participar en la marcha de las cosas. Ese clarín que nos llama a la acción y que llega a justificar nuestra existencia. Ese clarín que, en estos difíciles momentos, no suena para muchos -muchísimos- españoles. Esa multitud que -en la España de hoy- se siente como si debiera estar sentada eternamente en un banco. En el pasillo larguísimo y frío de una vida sin expectativas y sin -tan siquiera- la esperanza de escuchar la voz que venga a romper con esa situación monótona. Tiempos tristes y esperas desesperanzadas... y una vida entre pasillos que nadie es capaz de dar fin.
servido por IGNACIO
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