La Coctelera

EL BLOG DE NACHO TOLEDANO

Columnas, artículos y actividades de Nacho Toledano.

12 Mayo 2013

FOLKLORE EN TIEMPOS DIFÍCILES (MI COLUMNA EN "EXTRACONFIDENCIAL").

Durante los últimos tiempos, me han venido preguntando mucho por la legalidad de esa cosa llama escrache. Me preguntan, muy a menudo, si el escrache es una práctica delictiva o si, por el contrario, cuenta con todas las bendiciones laicas que otorga la legalidad vigente. La polémica suscitada en torno a estos grupos organizados de ciudadanos que –presentándose en el domicilio, en el despacho o en el restaurante de un político en activo- le recuerdan en su habitat natural lo sinvergüenza que es. A los responsables del Partido Popular no les gusta el escrache. Tampoco a ninguno de los que dirigen los partidos que defienden nuestro modelo político vigente. Qué curioso. Todos coinciden en querer limitar la respuesta ciudadana a los trámites usuales de protesta. Es decir, a que nadie –saltando por encima del abismo que existe entre los ciudadanos y sus pretendidos representantes- les proteste en su cara. Protestas light en una democracia light. Eso les gusta mucho.

Pero el escrache es legal. Es tan legal –tan constitucional en el sentido más estricto de la palabra- como la libertad de expresión, el derecho a la opinión libre y responsable, el derecho de manifestación o el derecho de reunión. Tan legal como esos mismos pilares de nuestro esquema de valores ciudadanos. Lo de las coacciones, lo de la amenaza terrorista, lo de la intimidación y demás conceptos pseudojurídicos con los que el escrache ha sido definido por nuestros preclaros próceres políticos, no es más que un cuento. Cosas de Cristina Cifuentes y similares. Un problema inexistente sobre el que ha girado un más que insustancial debate penalista.

Esto es como todo. Nuestro Código Penal es amplísimo. Abarca todas las posibles facetas de la maldad humana. Conscientes e inconscientes. Bajo esa premisa, toda actuación ilícita puede ser procesalmente perseguida. Aunque, al menos en apariencia, fuera inicialmente legítima. Uno puede conducir un coche, por ejemplo. Si lo conduce más borracho que el Capitán Haddock, es un delito. Uno puede pasar cada domingo el cesto de la parroquia. Si se queda con lo que los feligreses dejan dentro, es un delito. Uno puede ser el yerno del Rey de España. Si alrededor de esa poco habitual circunstancia familiar uno obtiene ingresos por la cara, es un delito. Pues con el escrache es igual.

Si alguno de nuestros muy dignísimos y honestísimos cargos públicos se ve amenazado, injuriado, coaccionado, lesionado, vejado, intimidado o insultado en alguno de estos eventos ciudadanos, lo que tiene que hacer es denunciarlo. Lo fácil es lo otro. Aprovecharse de que siempre tiene uno abiertos, y a su disposición, los medios de comunicación para lanzar imputaciones falsas. En vez de eso, que lo denuncien. Que un Juez entre en el caso, lo analice y resuelva finalmente sobre si se ha cometido o no algún delito. ¡¡¡Qué pocos escracheados hacen eso!!! Lejos de ello, se limitan a llorar y a quejarse –como si fueran víctimas de verdad- en ruedas de prensa, telediarios y negociados similares. La conclusión de todo esto es sencilla. No se ha condenado a ningún ciudadano por estas actuaciones. Sin embargo, el escrache ha sido sometido a una persistente campaña de criminalización promovida –y teledirigida- por los principales responsables del Partido Popular. Es algo inofensivo y, a causa de ello, el problema no deja de ser una enorme cortina de humo. Ni afecta a ningún responsable institucional ni le va a afectar. Nadie va a colgarles del balcón, ni a pegarles palizas ni a pintar una Estrella de David en su puerta. No les va a ocurrir como a Godoy en el Motín de Aranjuez. Aquello sí que fue un celtiberiquísimo escrache. Esta es otra cosa mucho más europea y civilizada. O tempora o mores. El escrache como folklore en tiempos difíciles.

El problema, por tanto, no es este. El problema es que existe una minoría oligárquica empeñada –contra viento y marea- en desarrollar políticas que atentan contra los derechos legítimos de nuestro pueblo. Al tiempo que nos empobrecen, nos exigen también que los cauces de nuestra protesta se encarrilen por los cauces de la cortesía política y del respeto hacia las instituciones. Esta pretensión no se sostiene. Ni más ni menos porque hace mucho que dejamos de estar regidos por los criterios usuales del juego político normal. Estamos en una situación de emergencia nacional, provocada por el esfuerzo de unos pocos en mantener vivo un modelo económico y político fracasado: un esfuerzo en perpetuar nuestra miseria moral y material. Por eso, uno no no puede entender cómo, ni tan siquiera, se atreven a pensar en que se van a quedar al margen de esto, y en que no van a sufrir la indignación de un pueblo escarnecido. Y es aquí donde el escrache se queda muy corto, porque no es suficiente como medio de lucha que cierre, eficazmente, sus espacios políticos y sociales. El escrache encarrila la protesta dentro de límites tolerables, y viene a crear un falso debate social que nos distrae de otras cuestiones esenciales.

El otro día, se ha practicado un escrache en Gran Hermano. También ha terminado siendo institucionalizada esta forma de protesta. El escrache no sólo no es delito sino que, además, ya ha sido digerido por el establishment: en lo que tiene de manifestación canalizada de descontento popular. No les viene mal el escrache, porque evita formas más radicales de lucha popular. Remember Godoy hermanos.

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10 Mayo 2013

LOGSE Y REVOLUCIÓN (MI COLUMNA EN "SIERRA NORTE DIGITAL").

Nuestros jóvenes revolucionarios son hijos de la LOGSE. Unos jovenes revolucionarios que, hijos de su tiempo, no se han leído nunca ni Técnica del Golpe de Estado de Curzio Malaparte ni la Historia de la Revolución Rusa de Leon Trotsky. Por citar dos ejemplos literarios llamativos, brillantes y referentes a la cuestión que –de un tiempo a esta parte- viene ocupando nuestras reflexiones y demás cavilaciones políticas: la de cómo lograr que un núcleo dirigente –fuertemente atrincherado en nuestro tejido institucional, social y económico- abandone el poder y deje paso a un nuevo proceso político de carácter constituyente. Porque –y también lo digo a menudo- una cosa es teorizar sobre la necesidad de la Revolución y otra –muy distinta- es tener claro cómo empezarla. El día que optemos –al terminar las numerosas discusiones abiertas en este sentido- por una u otra de las distintas vías posibles de actuación –las llamadas posibilidades insurreccionales- estaremos mucho más cerca del triunfo. Sabremos no sólo hacia dónde queremos ir –que eso sí lo sabemos- sino también cómo nos acercamos a estos objetivos políticos.

Hijos de la LOGSE, nuestros jóvenes revolucionarios nos convocaban –nada más y nada menos que en la fecha totémica del 25 de Abril- a tomar el Congreso, a derrocar la Monarquía, a cambiar de Régimen, a abrir un proceso constituyente... a eso y más... era como si creyeran que –por arte de esa magia misteriosa que, a veces, afecta a las masas- todo aquello fuera a venir de una única convocatoria y de una misma jornada de lucha. La cuestión era tan surrealista que no faltaron voces que acusaban a este llamamiento de estar directamente diseñado en las cenagosas cloacas del CNI y del Cuerpo Nacional de Policía. Provocar esta clase de actos públicos para tener perfectamente controlados a sus organizadores, en el más puro estilo de las operaciones policiales organizadas por el aparato tardofranquista del Coronel San Martín y del Presidente Carrero Blanco. En realidad, se trata de una situación muy similar: un grupo dirigente aferrado a un poder en descomposición, y mucha gente interesada en derrocarlo. Pero sin saber todavía demasiado bien cómo.

Aquello parecía una Revolución de Gila. Yo veía a Gila llamando por teléfono al enemigo, y avisando del día y la hora del ataque al Congreso porque luego todavía había tiempo para después ir a cenar o porque –recordad esas conversaciones surrealistas- a esa hora podían ir todos porque después había fútbol y tenían entradas. Esta idea de una guerra de risa se vió luego confirmada por la escasísima asistencia de manifestantes, por la nula combatividad revolucionaria de estos activistas, y por la correlativa propaganda institucional sobre la defensa de la soberanía popular ante el golpismo. Escuchando cualquier telediario, parecía que se les venían encima las milicias del Instituto Smolny al asalto de la Duma y del Palacio de Invierno. Gila en estado puro.

Nuestros jóvenes revolucionarios no han leído ni a Malaparte ni aTrotsky. Y de Sorel y el mito de la huelga general ya ni hablamos. Nosotros sí. Por eso, sabemos que un Régimen no se derroca en una tarde, y sin asegurarse el concurso –o al menos la omisión- de determinadas instituciones básicas. Nosotros –como nos consta por haber leído mucho aquí y allá- sabemos que España no está todavía suficientemente pourri, como decían los paras de Jean Lartéguy. En otras palabras, y por eso mismo de haber leído, sabemos que en la sociedad española –en general en todas las sociedades europeas- todavía no se dan las condiciones objetivas como para que triunfe una insurrección de esta clase, si bien ya están apareciendo y se están delimitando estas premisas. Como nosotros sí hemos leído a Malaparte y a Trotsky, sabemos que un alzamiento revolucionario es el resultado del trabajo político prolongado de una vanguardia consciente sobre distintos sectores sociales. Como los hemos leído –y mucho en su momento- sabemos que para hacer una Revolución hace falta tener muy claros tanto sus objetivos políticos como los instrumentos que permitan iniciarla. Por eso, también nos consta que, lo del último cerca el Congreso, era una acción escasamente planificada y sin ninguna garantía de éxito en su convocatoria y que –sin entrar en las sospechas más que fundadas de una preparación del acto en las cloacas del Estado- fue rechazada por la práctica totalidad de los movimientos sociales mayoritarios.

Consistiere en lo que consistiere este curiosísimo acto público, ha quedado demostrada la falta de eficacia de esta iniciativa como acto de confrontación directa con las instituciones. Tomemos la experiencia como escuela de errores y como ejemplo de una muy equivocada línea de actuación. Un simple ensayo dentro de este extraño camino que –tal vez- ya hayamos comenzado a andar. El camino de la caída de un Régimen y del nacimiento de uno nuevo. La apertura del período constituyente de la que todos hablamos tanto.

El fracaso de este toma el Congreso vuelve a poner de manifiesto el problema teórico –y práctico- del derrocamiento de un modelo agotado. Amplísimos sectores de la sociedad española quieren ponerle fin pero –a estas alturas de esta historía triste y terrible- todavía no se sabe cómo hacerlo. Andamos enfangados en la cuestión difusa de querer alumbrar un mundo nuevo, pero sin haber clarificado los pasos necesarios para que llegue ese momento. Y la tarea es urgente. Tan urgente como para que tengamos que releer –una vez más y con todos los posibles subrayados- a Malaparte, a Trotsky, a Sorel y –por supuesto y tal vez en primer lugar- a Jean Lartéguy. Y a muchos más, en definitiva.

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30 Abril 2013

UNA VOZ EN LA TEMPESTAD.

Tenemos la obligación de seguir intentándolo. Tenemos la obligación de procurar la coordinación de nuestras escasas fuerzas, de poner en común nuestros pobres recursos y de integrar –mediante fórmulas sencillas de trabajo conjunto- todos los elementos humanos y materiales de que dispongamos. Este asunto es tedioso... ¿verdad? Entiendo que este asunto aburre. Es normal que la mayor parte de nosotros haya caído en un estado de cierta postración política: en una absurda conformidad frente a esta situación lamentable. Pero muchos no nos resignamos. Existe un sentimiento arraigado entre nosotros sobre la necesidad de emprender -las veces que haga falta- alguna nueva singladura común. Sin falsos dramatismos –y sin absurdas e histriónicas disyuntivas- tal vez sea el momento de tomar una decisión definitiva. Se trata –una vez más- del viejo dilema entre las dos posibles opciones del nacionalsindicalismo: o defendemos las posturas viejas del viejo falangismo inmovilista, o respaldamos las opciones que, dentro de nuestro entorno político, se han caracterizado por un carácter abierto y renovado. Se trata del problema de siempre y tambien de las mismas soluciones, si bien la situación de España ya no nos deja demasiado margen para la reflexión pausada. Porque, tal vez, ahora existe -con más fuerza que nunca- la tercera posibilidad: la de quedarse en casa para siempre. Yo no pienso hacer eso. Y muchos de vosotros tampoco.

Hace siglos, durante la última de las revueltas contra Diego Márquezcontra Diego vivíamos mejor- estábamos luchando por un acercamiento entre organizaciones basada en la asunción de un cierto liderazgo moral por parte de las siglas históricas: FEJONS como motor del cambio y como fuerza capaz de aglutinarnos en torno a un proyecto integrador. Durante nuestro último cuerpo a cuerpo con el oficialismo, propugnábamos una refundación nacionalsindicalista pivotada sobre nuestras organizaciones. Sin embargo, y en muy poco tiempo, varíaron estas condiciones políticas: la recesión se estaba acentuando. A medida que los efectos de la misma se iban patentizando, también se remarcaba la total pérdida de protagonismo de lo poco que quedaba de nuestros partidos. Nos quedó entonces claro que el falangismo militante ya no podía encabezar iniciativa alguna dentro de nuestro entorno político. Habían perdido peso y, en consonancia con ello, el último Manifiesto para la Refundación –surgido en la Primavera de 2.011- postulaba una integración falangista desde la base: una coordinación entre personas por encima de miltancias concretas y de estructuras obsoletas. La primacía de las personas tejiendo lazos políticos a través de una red activista que orillaba a las, ya viejas, organizaciones.

Este es el camino. El camino de lo que yo alguna vez he llamado el falangismo interesante. Un falangismo que, de abajo a arriba y en los últimos años, se ha ido organizando en torno a tertulias, mesas redondas, novedades editoriales y otros eventos culturales. Un falangismo que, al mismo tiempo que daba voz y voto a todos los sectores del entorno, ha ido adaptando su mensaje -durante estos últimos años duros- a lo que estaba ocurriendo en España y en el mundo. Por encima de siglas, de los prejuicios y de los rígidos esquemas partidarios -y muchas veces basado en sólidas relaciones de amistad y en una común sensibilidad ante cuestiones políticas concretas- bien pudiera servir de base sólida en la tarea de nuestro retorno a una actuación política eficaz. Yo sigo creyendo que –en este sector determinado- es muy sencillo llegar a acuerdos de coordinación y de actuación conjunta. Es lo único que queda. Y es lo único que se puede hacer. Estamos tardando, mientras esperamos el advenimiento de no se sabe bien qué favorables astros.

Pero es que, además, la recesión ha venido a traer una varíable más a la cuestión. Una importantísima varíable que ha supuesto –ni más ni menos- que muchos españoles estén, al día de hoy, luchando en la calle por los mismos principios que nosotros llevamos defendiendo desde nuestro mismo nacimiento como fuerza organizada. El malestar social -y el empobrecimiento general de nuestro pueblo- ha desembocado en un inesperado auge de los movimientos sociales. Y ello ha traído –a nuestro hasta ahora aislado y pequeñísimo mundo- la posibilidad de luchar eficazmente contra el modelo social que rechazamos. Coincidimos en objetivos políticos -por primera vez en la Historia de España- con un gran número de ciudadanos españoles: la República, la transformación del modelo económico y bancario, la profundización de nuestros instrumentos democráticos, la participación ciudadana en todos sus posibles niveles...

Nuestro distinto nivel de adhesión a estos movimientos sociales ha venido a clarificar –de manera inesperada y limpia- nuestro panorama político. Porque la eterna cuestión de nuestros esfuerzos integradores puede tener ahora –y por obra y gracia de la desintegración capitalista- una plasmación práctica. Porque pienso que, y como yo seguro que muchos de vosotros, nuestra coordinación sólo puede tener una finalidad palpable: la de tener una sola voz dentro del conjunto de estas fuerzas sociales. Una sola voz capaz de luchar, con ellas y junto a ellas, en las jornadas revolucionarias que –tal vez- se están aproximando. Este es el sentido de cualquier intento integrador en la actualidad. Dotarnos de un mínimo grado de operatividad política que –trascendiendo de tal o cual individualidad- pueda encontrar la manera más idónea de colaborar con estos movimientos sociales.

Si se abre en España un proceso revolucionario, nosotros debemos de estar en él. Participar en estos acontecimientos políticos y no quedarnos fuera. Yo defiendo nuestra participación en este combate social.

Se han intentado cosas estos últimos años. Defensa Social. La experiencia de Defensa Social nos ha mostrado lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Nos ha enseñado que nuestro sector más reacio al diálogo puede sentarse a negociar acuerdos de mínimos, sin duda acuciado por diversas circunstancias externas e internas. Pero nos ha enseñado también que el buenrollismo de este mismo sector termina y acaba justo ahí. Porque Defensa Social perdió la oportunidad –casi desde el principio- de servir de factor de cohesión ilusionante entre todos nosotros. Lejos de constituir una ocasión única para cerrar heridas y de culminar un cierto proceso pacificador, una de las partes del pacto –FEJONS- no cejó en su línea tradicional de enfrentamiento frente a otros falangistas. Torpe línea táctica que ha impedido una adhesión mayor a esta iniciativa integradora. Del mismo modo –y tal vez por idénticas razones- quedó patentizado el desfase existente entre nuestros sectores más dinámicos y los de más tardo reflejo: la guerrilla marcha al ritmo del más lento de sus integrantes, dijo Ernesto Guevara. Me inclino a creer -por ello- que estas iniciativas no resultan eficaces si no se realizan entre iguales. Entre personas y entidades dotadas no ya sólo de una misma sensibilidad política, sino de un mismo -o parecido- nivel de agilidad en su funcionamiento. Firmemos, desde nuestra perspectiva, el acta de defunción de este valioso experimento.

Defensa Social ha sido públicamente finiquitada -además- por nuestras familias más conservadoras. No les gusta -a pesar de esa cierta e indudable timidez revolucionaria en su mensaje- ni en la forma ni en el fondo. Ello ha motivado dos claras posiciones, cuyo resultado ha sido el no apoyar este proyecto. Nuestros ultramontanos se han acabado alineando -sin complejos y sin ninguna floritura doctrinal- con otras formaciones extremoderechistas en un frente común filofascista. Tanta paz se lleven como nos dejan porque -tanto por estas alianzas como por su manera de hacerlas- han dejado de jugar en la Liga que nos interesa. El resto de nuestros segmentos más conservadores anuncia iniciativas integradoras en la misma línea apuntada de coordinación. Todo parece indicar que se pretende -desde estos ámbitos concretos- ofrecer posiciones comunes dentro del proceso histórico que se avecina. Nada de lo que hagan o digan -a estas alturas- puede despertar la más mínima adhesión por nuestra parte. Un mensaje gastado y baldío en medio de este zafarrancho.

De esta manera, comprobamos como la triste realidad política española está ayudando a clarificar nuestras posibles trayectorias públicas. Unos y otros estamos decidiendo sobre ello espoleados -en cierta forma- por la gravedad de la situación de emergencia nacional por la que atravesamos. Y yo creo que el falangismo interesante debe coordinarse urgentemente. Podemos hacerlo. Tomando como puntos de referencia a entidades tales como Falange Auténtica, Gallos de Marzo o Ademán, y a las publicaciones que nos han acogido sin problemas -tales como la innovadora Agora Digital o la generalista Mediterráneo Digital- es posible todavía agrupar a aquellos de nosotros que pensamos de forma similar, y que tenemos parecidas ideas sobre lo que debe ser nuestra actuación pública. Hemos demostrado que iniciativas de esta clase funcionan -por ejemplo, a través de la experiencia municipalista- siempre y cuando sepamos articular personas y recursos en torno a un conjunto simple de ideas de lucha. Coordinemos mensajes y rescatemos nuestros instrumentos de debate y encuentro. Y sirvamos de base a una opción fuerte e integrada que, participando en nuestra lucha nacional, se encuentre presente y activa en las circunstancias que se avecinan. Extendamos estos simples principios a ámbitos políticos novedosos. Encontremos la mejor manera -la más positiva- de propiciar la República y la Revolución.

Todo menos quedarnos quietos. O -lo que es peor- discutiendo interminablemente sobre las mismas cosas. Se avecina una Segunda Transición, y nuestra voz debería ser escuchada en medio de esta agitada tempestad.

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21 Abril 2013

EMPIEZO A COLABORAR EN "SIERRA NORTE DIGITAL" Y ME ENTREVISTAN. GRACIAS ÁLVARO!!!

Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 50 años. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL. Y a partir de ahora tambien lo hará en SIERRA NORTE DIGITAL

-¿Por qué has decidido colaborar en el proyecto de Sierra Norte Digital?

Por un motivo muy sencillo. Porque sigo confíando en la capacidad emprendedora de mis amigos. Me gusta trabajar con personas que conozco, aprecio y respeto.

-¿Qué te parece la aparición de un medio nacional y dirigido a la comarca de la Sierra Norte?

La aparición de un medio de comunicación es siempre una buena noticia. Creo en la prensa digital no sólo como un instrumento informativo directo y dinámico, sino como un contrapeso –cada vez más sólido- frente a las arbitrariedades e irregularidades del poder.

-¿tienes algún recuerdo personal que destacar de nuestra Comarca?

Muchos y muy buenos. Esta Comarca es –muchas veces- una gran desconocida para los madrileños.

-Pasemos a temas generales ¿Ves salida a esta situación económica?

Desde luego que NO. El capitalismo ha fracasado. Nuestros problemas económicos actuales se están intentando solucionar –en una infumable sucesión de palos de ciego dados por organismos supranacionales de nula representación democrática- aplicando antiguas recetas que tienden a salvaguardar –por encima de todo- el propio modelo económico que ha quebrado y que ha demostrado no funcionar. De esta situación desesperada no se podrá salir sino aplicando medidas de transformación profunda de nuestros esquemas económicos, sociales y políticos. En definitiva... haciendo una Revolución. 

-¿consideras que España como Nación está en peligro?

No lo está, y ello por la sencilla razón de que ya no tenemos Nación, ni España, ni Soberanía ni nada de eso. La recesión capitalista también nos ha traído la necesidad urgente de una refundación de España. No podremos hablar de Patria mientras no exista un proyecto común capaz de hacernos remar a todos en una misma dirección: un proyecto común de transformación revolucionaria de esquemas agotados como factor indispensable de unidad. 

-¿El Partido Popular termina la legislatura?

Espero que no. Muchos estamos empeñados en que no lo haga.

-Dime algo bueno que haya hecho Rajoy

Aprobar las Oposiciones al Cuerpo de Registradores de la Propiedad.

-Y algo bueno de Zapatero

Habernos hecho creer –por un momento luminoso pero efímero- que existía vida después del aznarismo

-Dale un consejo a nuestros lectores sobre que tienen que ver a la hora de decidir su voto en las próximas elecciones.

Hoy más que nunca un voto alternativo. Dar la espalda a aquellas opciones políticas que persisten en la conservación del modelo actual. Muchos no descartamos la posibilidad de un gran frente electoral que –de marcado carácter ciudadano- esté en condiciones de plantear una alternativa viable a las formaciones políticas de siempre. Un apoyo electoral potente a un frente de esta clase podría ser uno de los detonantes de la Revolución. 

-Píntanos el panorama que ves y no que deseas de España al final de la legislatura allá por 2016.

Sigo viendo miseria y desilusión. Una España con una economía destruída y con una sociedad inoperante. Sin fórmulas nuevas y sin imaginación para idearlas. Sin capacidad de respuesta ante la injusticia. Una soberanía secuestrada. Una España muerta y a merced de poderes oscuros. Una España en manos de una minoría enriquecida que permanece asentada sobre una mayoría empobrecida. Esa es la España que no quiero ver más. Depende de nosotros.

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8 Abril 2013

SARA MONTIEL ETERNA... Y SE FUE EN PRIMAVERA!!!

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3 Abril 2013

AQUEL CONEJITO BLANCO EN CARENTAN (MI COLUMNA EN "EXTRACONFIDENCIAL").

Enésimo capítulo de esta historia tristísima. Chipre y su crónica de los últimos días, y de cómo han sido esquilmados unos ciudadanos europeos dentro de esta cotidiana gran estafa. Un nuevo episodio de esta situación endemoniada de la que –no nos cansamos de decirlo- tan sólo se podría salir aplicando soluciones extraordinarias: medidas que se adopten al margen de las gastadas reglas que rigen un modelo económico agotado. Mientras tanto, y a pesar de todas estas aparatosas intervenciones europeas sobre nuestras sufridas economías nacionales, esto no tiene arreglo.

A mí, el rescate de Chipre me ha recordado la historia del conejito Alvin. Un conejito blanco en Normandía.

Casi no podía recordar el soldado Billy Dugan –diecinueve años y vecino de Garfield, en el Estado de New Jersey- cuándo y dónde se había encontrado con aquel conejo blanco. El soldado Billy Dugan –del Primer Batallón del Regimiento 502 de la 101 División Aerotransportada- llevaba combatiendo desde la madrugada del 5 de Junio de 1.944. Su mente vagaba –hacía ya días de ello- por la tiniebla espesa de la falta de sueño, del miedo, de la adrenalina desatada, del simple agotamiento físico y de una difusa alegría de seguir vivo a pesar de todo. El paracaidista Billy Dugan –de Garfield, New Jersey- no recordaba casi nada de manera coherente y ordenada. Sólo una sucesión confusa -en su memoria- de combates breves y encarnizados contra las fuerzas alemanas, inquietas duermevelas, agotadoras marchas y una lista interminable de compañeros muertos y de cosas que nadie debiera nunca ver. El paracaidista Billy Dugan aguantaba –más allá de lo que nunca hubiese podido imaginar- y seguía luchando y marchando junto a lo que quedaba de la 101 Aerotransportada.

No recordaba dónde se había encontrado ese conejo blanco. Todos los pueblos, los campos y los setos le parecían iguales. No era capaz de pronunciar ninguno de los nombres de aquellos pueblos normandos en cuyo alrededor se estaba combatiendo. Creía recodar que fue en las afueras de uno de ellos, uno que los oficiales llamaban Ste Marie du Mont. Muchos pueblos tenían nombres de vírgenes y santos, pero esto no le privaba de estar siempre hambriento y empapado, huérfano de cualquier auxilio divino. Acababan de asaltar ese seto –bombas de mano, balas y fuego de ametralladora sobre el bocage- y descansaban agotados a su amparo. Estaba recién muerto el Sargento Vitelli -un neoyorquino duro y veterano al que querían y respetaban- e intentaban asimilar el hecho con una mezcla de dolor, estupefacción e incertidumbre. Un día duro y unos minutos de descanso tumbados sobre el suelo mojado. Entonces Billy los vió. Los vió justo al encender un Lucky Strike bajo la lluvia...

Una camada de pequeños conejos –unos siete u ocho- se amontonaban bajo su madre muerta. Empapados, apelotonados y ateridos, muy juntos los unos sobre los otros, intentaban sobrevivir al viento y al frío. El paracaidista Billy Dugan –sin detenerse demasiado en lo que estaba haciendo- fue cogiendo, uno a uno, a los pequeños conejos. Con dos dedos, y agarrándolos del pescuezo, fue metiendo a los conejitos en un nido hecho apresuradamente con papel de periódico. Después, se los guardó en su macuto con cuidado. Aquella noche, los alimentó con leche condensada y pedacitos de su ración militar. Hizo lo mismo en los días posteriores. A pesar de ello –o tal vez por causa de ello- murieron todos los conejos menos uno.

El superviviente. Un conejito blanco al que todo el pelotón bautizó como Alvin. El conejito Alvin se convirtió en un elemento cotidiano. Una mascota que les recordaba –vaga e imprecisamente- a las personas que habían sido no hacía tanto, y que impedía que aquellos lazos que –todavía y cada vez más débiles- les seguían vinculando a cálidos sentimientos humanos, se desanudaran para siempre. Alvin comía de todo y de todos, correteaba y jugaba entre los soldados y después –sin seguir horarios o costumbres- corría a refugiarse en el macuto de su salvador: el soldado Billy Dugan. Todos querían mucho al conejito Alvin, porque aprendió a arrancar sonrisas en medio del dolor y del miedo.

Fue un poco antes de uno de aquellos feroces combates callejeros en Carentan. El pelotón se vió sorprendido por una andanada de fuego de mortero, y todos pudieron cubrirse y ponerse a salvo. Todos menos el conejito Alvin. Alvin no pudo escapar de la metralla, y murió destrozado: deshecho en esa salva inesperada de metal ardiente. Los soldados fueron pasando delante de los restos de Alvin, mientras marchaban apresuradamente al combate revisando sus armas. Habían aprendido -en esos días- a mirar a la muerte cara a cara, con una actitud no exenta de una cierta indiferencia forzada. Pero a todos les dolió la muerte de Alvin. Tal vez porque, con aquel conejito blanco, moría una parte importante de sí mismos. Ese mismo día –después de una lucha encarnizada de varias horas con los durísimos y tenaces fallschirmjäger alemanes- el soldado Billy Dugan pudo llorar como el niño que había sido. Hacía años que no había podido hacerlo.

Los ciudadanos europeos somos como el conejito Alvin. La situación es tan mala –tan inevitablemente adversa- que nos da igual que alguien nos rescate y nos mantenga vivos unos días más. Terminaremos cayendo en esta cruel tormenta de metralla que es la recesión capitalista. Sólo cambiando de escenario –transformando el modelo- podríamos iniciar con dignidad una vida nueva. Sin embargo –y tal vez como contrapunto de esperanza- es en este momento de desesperación y de miseria cuando –tal y como le ocurrió al soldado Billy Dugan de la 101- puede salir a flote lo más hermoso –y lo más noble- de nosotros mismos.

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22 Marzo 2013

BEBO VALDEZ ESTÁ TOCANDO EN EL CIELO!!! SER EN TU VIDA LO MEJOR DE LA NEBLINA DEL AYER...

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22 Marzo 2013

LA DEUDA EXECRABLE (MI COLUMNA EN "EXTRACONFIDENCIAL").

Todas las medidas económicas de nuestro Gobierno –todos los ajustes y recortes- van dirigidas a conseguir la confianza de aquellas personas y entidades que nos prestan dinero. La confianza de los mercados dicen nuestros máximos responsables sin inmutarse. Las llamadas políticas de austeridad van dirigidas no sólo a aumentar nuestra capacidad de pago, sino a demostrar que España podrá pagar su deuda. Cuanto mejores deudores seamos, con más facilidad nos prestarán dinero. Esta es la fórmula mágica que el mundo occidental ha ideado para salir de la crisis: la deuda pública.

Verdaderamente brillante e imaginativo: se pide dinero prestado a quien lo tiene y, cuando las sumas prestadas se han agotado, se pide más. Obtener liquidez a cambio de endeudarnos -por varias generaciones-, frente a las entidades financieras privadas que disponen de ese capital. A este sólo fin se subordinan las medidas económicas del Gobierno: a ajustarnos a las exigencias de nuestros acreedores para poder seguir pagando.

La conclusión es tan evidente que casi resulta ocioso enunciarla. El Gobierno de España no gobierna en función de los intereses de los ciudadanos españoles, sino en atención a los dictados de nuestros acreedores. En toda Europa se legisla y se gobierna para este conglomerado de intereses supranacionales, y si ya nuestro modelo de representación democrática era, de por sí, endeble e imperfecto, ahora lo es mucho más. Agudizadas sus profundas contradicciones a causa de la recesión, el ciudadano occidental se siente –más que nunca-, a merced de decisiones adoptadas en círculos cada vez más pequeños y alejados de su control legítimo. Chipre ha sido el último ejemplo de estas durísimas medidas de intervención, realizadas con el sólo fin de poder seguir pagando esta deuda.

Y mientras los ciudadanos chipriotas ven intervenidos directamente sus ahorros a raíz de medidas dictadas por oscuras fuerzas financieras, muchos nos seguimos preguntando no sólo acerca de la procedencia de esta deuda, sino también sobre la validez de esta forma de obtener dinero. Se trata de una cuestión profundamente inmoral. Las mismas entidades bancarias que provocaron esta recesión han sido apuntaladas con fondos públicos. Salvadas estas mismas entidades privadas con el dinero de todos, se están dedicando a invertir en nuestro endeudamiento. Así, se perpetúa el negocio por los siglos de los siglos y, además, se refuerza el control político sobre nuestras cada vez más menguadas democracias.

Esta deuda se está contrayendo sin el conocimiento ni el consentimiento de los ciudadanos. Esta deuda no nos favorece –se contrae a espaldas de los verdaderos intereses del pueblo-, y constituye el ariete imparable de un nuevo equilibrio capitalista basado en nuestro empobrecimiento económico y en nuestro retroceso democrático. La deuda como motor del austericidio, y de esta nueva Europa inhumana que está surgiendo del desastre. Desde el punto de vista del Derecho, esta deuda es considerada como una deuda odiosa. La deuda execrable como aquella que contrae un Gobierno en contra de los intereses de sus propios ciudadanos.

En consecuencia, y al ser nulos los pactos llevados a efecto entre contratantes de mala fe, esta deuda no tendría que ser pagada: no es exigible porque ha sido formalizada en contra de las personas a las que –teóricamente- tendría que beneficiar. Este concepto jurídico ha sido profusamente utilizado para liberar a los ciudadanos de cargas asumidas por gobiernos despóticos. Fue el jurista ruso Sack quien enunció que los acreedores han cometido un acto hostil para con la población; ellos, por lo tanto, no pueden esperar que la nación liberada de un poder despótico asuma las deudas odiosas, que son deudas personales de ese poder.

En otras palabras, que de estas deudas deberían responder personalmente aquellos dirigentes que las contrajeron, más no la ciudadanía en su conjunto. Dicen nuestros teóricos sobre la deuda odiosa que, como actividad esencial de carácter previo, se hace preciso delimitar con precisión no sólo quiénes son nuestros prestamistas –determinar claramente frente a quién estamos hipotecando soberanía- sino el carácter y las circunstancias individualizadas de cada una de estas operaciones crediticias. Una vez determinadas las deudas que tuvieran ese carácter execrable, sencillamente y sin más consideración, no se pagarían. No debemos no pagamos, y dejamos de lastrar nuestra vida social por el peso de estas indeseadas obligaciones de pago.

Dicen los sesudos pensadores que sustentan nuestro actual modelo económico y político –el negocio-, que estas medidas de cancelación unilateral de deuda pública supondrían el colapso de nuestra economía. Qué miedo... ¿el colapso? Y esto que vivimos ahora... ¿qué es?

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Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 49 años. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL. Administra el Blog a efectos de la LOPD.

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