La Coctelera

EL BLOG DE NACHO TOLEDANO

Columnas, artículos y actividades de Nacho Toledano.

11 Marzo 2014

11 DE MARZO EN NUESTRO CORAZÓN. 11 DE MARZO EN LA MEMORIA DE UNA NACIÓN.

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4 Febrero 2014

LA LADRONA DE LIBROS. EL VALOR SILENCIOSO DE LOS QUE NO SE RINDEN.

Si bien una actitud de resistencia frente a un poder tiránico puede revestir múltiples formas lo cierto es que, casi irremediablemente, esa idea de resistencia nos lleva a pensar en luchas heróicas y en sacrificios épicos. Resistir es dinamitar una vía férrea en mitad de la noche y de la niebla. Resistir es alzar ciudades como Varsovia o París en defensa de la Libertad. Resistir es organizar huelgas generales frente a una dictadura, entre el café y el humo de tabaco –las insurrecciones y sus halos románticos- propios de las reuniones clandestinas. Brillantes actuaciones que pasan, directamente y por derecho propio, a convertirse en hitos del esfuerzo humano en la lucha contra la opresión.

Sin embargo, existen otras formas de lucha. La lucha silenciosa de los actos individuales que, en franca oposición a los usos sociales imperantes, denotan una actitud de rebeldía y una voluntad de rechazo frente al poder constituído. La negativa individual a la rendición frente a un Estado injusto: acciones de reserva mental que, contra cualquier esperanza y a pesar de todo, mantienen encendida la creencia en tiempos venideros más felices. Muchos creemos que rendirse nunca es una opción. Digo esto porque me ha gustado mucho la película La Ladrona de Libros. Un fantástico film de 2.013 dirigido por Brian Percival, y basado en la maravillosa novela de igual título de Markus Zusak. Una película de oportunísima visión en estos momentos aciagos y oscuros. Todo un ejemplo de oposición silenciosa frente a los tiranos, y de lucha constante –la lucha entendida, en sí misma, como victoria- contra un poder todopoderoso e injusto. Una película bien estructurada desde un punto de vista narrativo, y de una brillante concepción visual. Otra grata sorpresa en un año de grandes películas.

En la Alemania nacionalsocialista –aquella Alemania de la Revolución sin Revolución de las camisas pardas- la realidad es contemplada a través de los grandes ojos de una niña. El duro camino de una niña hacia su vida adulta en un entorno hostil. Alemania a finales de los años treinta. El Estado ocupa, sin fisuras, todos y cada uno de los aspectos de la vida pública y privada de sus ciudadanos: la enseñanza, la calle, la intimidad del hogar, el ocio y cualquier faceta de su existencia cotidiana. La película nos hace sentir, casi desde su mismo inicio, este aspecto opresivo del totalitarismo: de un Gobierno que, en función de una planificación belicista apenas enmascarada en una maraña de retórica pseudorevolucionaria, impone sus criterios políticos, sociales y culturales sin discusión posible. La niña Liesel Meminger es víctima de un modelo político que no conoce la piedad: Liesel es débil dentro de un mundo asumidamente inmisericorde. Niña sin recursos nacida en la marginalidad, es adoptada por el matrimonio Hubermann, Liesel aprenderá el valor infinito de los pequeños gestos de rebeldía frente a unos modelos únicos, y férreamente impuestos, de conducta. Crecerá –año tras año- con la fortaleza que sólo la contestación sabe ofrecer. Oposición silenciosa y digna –y hasta puede que no siempre advertida por sus agentes principales- mantenida contra la Dictadura. Una larga singladura hacia la madurez llevada a cabo en el muy poco propicio mar de la ausencia de libertad. Liesel caminará hacia su vida adulta en sentido contrario al de la sociedad de la que es parte. Liesel afirmará su propia identidad como ser humano pleno y coherente mientras que –a través de una destructiva y terrorífica orgía de inmadurez colectiva- su propio país queda dramáticamente destruído. Tremendas paradojas de las Dictaduras, que propician un fuerte desarrollo individual de la persona –esos crecimientos interiores hacia la madurez que tan sólo pueden darse en ambientes hostiles a nuestros derechos y libertades- mientras que fomentan el mantenimiento del conjunto del pueblo en un calculado infantilismo. Ella crece mientras sus compatriotas, siguiendo un rumbo personal contrario, persisten en actitudes criminalmente inmaduras y políticamente irresponsables.

Sólo en ese contexto pueden apreciarse, en toda su grandeza, estas actuaciones nobles y aisladas. Frente a la visión unilateral de la educación ostentada por el ilimitado poder nacionalsocialista, la pequeña Liesel salvará de la hoguera libros prohibidos y escribirá, en la pared del sótano de su casa, las palabras que aprende a través de la lectura de estos libros. No en vano el libro salvado será El Hombre Invisible de H.G. Wells -¿pero qué demonios tendrían los nazis contra el bueno de H.G. Wells?- ya que, en metáfora asombrosa, parece que haya de ser uno invisible para hacer gala de esta perspectiva cultural alternativa. Frente a la exaltación institucionalizada e indiscutible de la raza aria como raza superior y omnipotente, el niño Rudy Steiner se tiznará la cara con betún y proclamará, a los cuatro vientos, su deseo de ser negro en imitación de su héroe deportivo Jesse Owens.

Frente al silencio cobarde y generalizado de sus conciudadanos, Max Hubermann defenderá a una persona detenida delante de toda la comunidad. Frente al oscurantismo cultural, la niña roba libros de la casa del Alcalde de su ciudad, demostrando que se puede seguir leyendo a pesar de las actitudes políticas esgrimidas por las instituciones: por el propio Alcalde de cuya biblioteca se nutre. Frente a la persecución antisemita, los Hubermann esconderán en su casa al joven judío Max Vanderburg, y ello en pago a una antigua deuda de amistad contraída con su padre. Max le regala a Liesel un ejemplar de Mein Kampf con todas sus hojas tachadas con pintura blanca, con el fin de que la niña pueda escribir encima de ellas las mismas historias que cuenta. Es como si estuviera anticipando –de esta forma- una sociedad futura y más feliz en la que, a través del tachado de las máximas enunciaciones ideológicas del nazismo, se reescriban unos nuevos -y más libres- patrones morales y políticos.

Este es el limitado universo en el que se va desarrollando la infancia de la pequeña ladrona de libros. Un mundo privado que, aunque en apariencia es similar al del resto de los entornos familiares de la ciudad de Molching, oculta un trasfondo de verdadero desacuerdo con el Régimen y de posesión de una jerarquía alternativa de valores. Un hogar donde puede palparse una soterrada, pero constante, rebeldía hacia lo establecido. Resistencia frente a la opresión en un mundo sediento de gestos nobles y de actos de oposición. Esa es, a mi juicio, la conclusión que puede extraerse de La Ladrona de Libros. La de que se puede resistir en todo momento frente a la tiranía: siempre y aunque las circunstancias sean adversas. La de que, aunque sea túnel sea largo y oscuro, pueden venir tiempos mejores. La cuestión está –tal y como lo intuye Liesel Meminger- en saber esperarlos con una adecuada actitud de esperanzada rebeldía. La persistente rebeldía de aquellos que no tragan.

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29 Diciembre 2013

ESCRIBIR SOBRE LA NAVIDAD.

Antes era sencillo escribir sobre la Navidad. Era sencillo escribir sobre personas –sobre las que estaban y sobre las que no estaban- reunidas alrededor del calor especial de estos días. Era sencillo escribir sobre esas profundas sensaciones que, a lo largo de los años, nos habían acompañado en Navidad. Era fácil escribir de aquellos tiempos pasados y felices y, más fácil aún, de aquellos tiempos pasados y muy tristes. Tanto unos como otros nos marcaron. Tanto unos como otros fueron amontonando tristezas y alegrías en nuestro particular cuarto trastero. El transcurso del tiempo no sólo nos había convertido en lo que somos: también nos había dado el bagaje suficiente como para poder escribir sobre estas cosas. Yo escribía sobre las Navidades que había tenido pero –tal vez con un sentimiento más sincero- escribía sobre aquellas Navidades que no había podido tener. Y así, año tras año, he ido concatenando artículos que hablaban sobre ello.

Cada Navidad acuden -como convocados por la atmósfera especial de estos días- los fantasmas de las vidas rotas. Dickens lo sabía, por ejemplo. Cada Navidad, afloran los estragos de nuestros errores y la aflicción de nuestro desencanto. Un fondo de tristeza infinita se esconde bajo las luces de colores, y un manto de melancolía cubre tanto aquellas cosas que perdimos como aquellas otras que –la vida, el azar y sus cosas- no llegamos nunca a tener. Y así es muy fácil escribir sobre algo.

Pero ya no resulta sencillo escribir sobre la Navidad. Debe ser porque hemos sobrepasado, hace mucho, los límites de lo humanamente tolerable. Debe ser porque, durante todos estos años aciagos, todo nos ha dolido mucho. Año tras año, hemos descrito estas situaciones inhumanas y hemos llorado con la rabia de la desesperanza. No queda nada que decir y queda todo por hacer. Viendo las fotografías –en esta pasada Nochebuena- de las colas de nuestros compatriotas en los comedores sociales, uno ya tiene muy poco que aportar en este nauseabundo estercolero. A la misma hora en la que nuestro Rey –los Borbones y su ancestral falta de pudor cívico- tenía la desfachatez de darnos lecciones de moral desde su púlpito televisivo, centenares de miles de españoles no tenían nada que celebrar. Básicamente porque es muy difícil celebrar nada cuando nada se tiene que poner en el plato. Eso no privó a nuestro Monarca de seguir diciendo las cuatro chorradas que nos dice todos los años, ni de seguir al otro día los medios de comunicación –qué cruz Dios Santo- comentándolas como si, de verdad, tuvieran alguna clase de calado político. Como si, ciertamente, fuesen algo serio y digno de ser analizado. Ellos por un lado. Y la gente -nuestra bendita gente- por otro.

No es sencillo hablar de Navidad mientras seis millones de personas no tienen trabajo ni –tampoco y salvo un milagro- lo van a tener. No resulta fácil ilusionarse a la sombra de un abeto iluminado mientras habitamos el cadáver de un país muerto. No se puede hablar, normalmente, de Navidad mientras nos dirige una élite corrupta que sustenta un sistema inoperante, ni mientras exista un gobierno que gobierne contra sus propios ciudadanos. No se puede hablar de Navidad mientras existen millones de personas sin medios de fortuna, sin tener asegurada una vivienda o sin tener comida suficiente. No se puede hablar de un tiempo de paz universal mientras existen familias deshechas por este desastre: personas sin posibilidad alguna de mejora en sus condiciones miserables. Obviedades que muchos hemos venido repitiendo durante estos años durísimos. Tremendas verdades que entraron en nuestros corazones al mismo tiempo que nos robaban la alegría.

Sin embargo, y entre los restos del naufragio, pueden todavía vislumbrarse evocaciones de aquellas primeras Navidades. Parece como si, en estos días, pudiera ser posible detenerse y pensar. Como si la Navidad también viniera a darnos la oportunidad de corregir pasados rumbos y de planear nuevas singladuras. La desgracia nos ha hecho humildes, y nos ha enseñado a escuchar. Porque estos momentos especiales nos dicen -a todos y cada uno de nosotros- que es posible prestar atención a las señales que, de una forma y de otra, anuncian cambios. Tiempos de reflexión sobre la confusión y el tumulto. Una maravillosa y tranquila tregua decretada sobre esta ya demasiado larga guerra, y horizontes lejanos -tal vez- por descubrir. Después de tanto dolor y de tanta furia y de tanta desesperación, volvemos a acordarnos –como nos acordamos en aquellas primeras Navidades- de aquel niño nacido pobre entre los pobres y sencillo entre los sencillos. El Niño que hoy -entre las ruinas- se esfuerza en seguir iluminando nuestras vidas. Un año más, es Navidad.

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19 Diciembre 2013

LOS NOMBRES DE LA RECESIÓN (MI COLUMNA EN "SIERRA NORTE DIGITAL").

A mí me resultan admirables. Dignamente alzados sobre la tempestad. Los nombres y apellidos de la recesión. Se les puede ver a nuestro lado -paseando sin rumbo por aceras inciertas o mirando los escaparates de las cosas que no pueden comprar- en cualquiera de las calles asoladas de España. Dados de lado por un modelo injusto, vagan por nuestros pueblos y ciudades como testigos vivos de esta felonía histórica. Son personas. Personas con nombres y apellidos, y no números infames dentro de una relación estadística. Aquellas personas que –desempleadas y sin ninguna expectativa de encontrar un trabajo en el futuro- siguen levantándose cada mañana para poner un pie después del otro y marchar por el camino, siempre desagradable e incómodo, de la vida en esta España nuestra. Los descartados que, según la propaganda oficial, vivieron por encima de sus posibilidades. Los excluídos de la fortuna que, por culpa de pasados lujos y derroches, deben purgar los pecados de todos. La Edad Media.

La versión oficial de la recesión y su asombroso parecido con el remedio dado a las epidemias de la Edad Media. Porque, cuando la peste negra asolaba Europa en el Siglo XIV, los entonces responsables públicos decían lo mismo que los responsables públicos de ahora. Decían -y dicen en 2.013- que todos hemos pecado mucho, y que todos nos hemos descarríado del camino de la virtud. Decían -y dicen en 2.013- que todos somos culpables y que, por esta razón, todos debemos formar parte de una gran ceremonia expiatoria y catárquica. Es el rito terrible del fuego purificador de nuestras actuaciones depravadas. Las hogueras del miedo que iluminan la lúgubre noche de España.

En eso estamos ahora: en esta inmensa fiesta de la expiación purgando los pecados que todos –al parecer- hemos cometido. La crisis como responsabilidad de todos: justo equilibrio en la justa balanza de la igualdad democrática. Todos condenados en la misma sentencia. Ardiendo en esta hoguera que distribuye el honor dudoso de la culpa –además de entre todos los ciudadanos españoles- entre los estrategas financieros de las entidades bancarias y entre sus consejos de administración, entre los presidentes de estos mismos bancos y de las multinacionales, entre los responsables de los organismos políticos propios y ajenos, entre los miembros del gobierno, entre el rey y entre los principes y entre los principitos, y entre todos los demás parásitos. Todos juntos en amorosa compañía porque –como es vero y probatto- todos somos los responsables de esta crisis. Todos lo hicimos y todos lo pagamos. El criminal –y según la doctrina oficial todos lo somos- siempre paga.

Pero los rostros de la recesión no saben nada de esto. No saben nada de responsabilidades compartidas o de vivir por encima de sus posibilidades. No estudiaron ni analizaron nada: se limitaron a confíar. Confíar en este inigualable e inquebrantable modelo de convivencia. Confíaron mucho en aquellos años gloriosos. Les salía la confianza por las orejas. Confíaban en los bancos que les concedían créditos y que les vendían maravillosos productos financieros. Confíaban en un entramado económico que les prometía un bienestar magnífico dentro de un futuro luminoso. Confíaban en los dueños de las empresas para las que trabajaban. Confíaban en la tierra prometida de la eterna opulencia que les vendían las teles diariamente. Confíaban en el milagro español y en el ladrillo y en un modelo social de ilimitado rendimiento. Confíaban en todo y en todos. Confíaban. Se llaman María, Juan, Lucía o Pedro. Se llaman Carlos, Elena, Julián o Carmen. Todos ellos tienen nombre y una historia detrás. Y todos ellos han dejado ya de confíar. Esperan, resignados, a dejar de ser un puerco porcentaje: un puesto en una cola interminable.

Son los rostros de esta recesión. Alejados de la lógica esotérica de los mercados y de los grandes principios económicos. Ajenos a los profundos ensayos publicados sobre las causas de la crisis o sobre sus posibles soluciones. Extraños a la triunfal trompetería que anuncia la inevitable recuperación de nuestra economía. Personas a las que nadie va a privar de su dignidad ni de su integridad, por mucho que la lógica perversa de este invento lo intente. Personas que alguna vez serán conscientes de su propia fuerza, y que –a lo largo y ancho de nuestra castigada España- serán las palancas responsables del cambio que estamos reclamando.

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7 Diciembre 2013

EL REGRESO DE UN BOSQUE TENEBROSO.

Otra vez hemos estado dando vueltas a lo mismo. Otra vez se ha líado una gran bronca facebookera aunque, también es de justicia decirlo, en esta ocasión hemos sabido terminar a tiempo. Sin entrar al trapo porque, para bien y para mal, todo este invento da cada vez mayor pereza. A mí ya no me gusta discutir en el face: entre otras cosas porque no nos lleva a ningún sitio. Otra cosa es que no exprese –cuando, donde y como quiera- mis propias opiniones. Siempre he pensado que todos estos problemas no son más, en el fondo y en la forma, que una lucha prolongada en el tiempo –agudizada ahora por el uso de las redes sociales- entre los que queremos opinar libremente y entre los que no nos quieren dejar hacerlo. Entre los que solemos decir lo que pensamos y entre los que no lo dicen nunca. O entre quienes lo dicen y, además, quieren imponérnoslo.

El caso es que entre los unos y los otros, los enemigos de siempre y los nuevos, los adversarios contumaces y leales, los amigos que no lo eran tanto y los que no lo eran en absoluto, los amigos que han dejado de serlo, los sencillos y probos tontolabas, los pichiruchis de mala baba y también los de buena, y los tres o cuatro espontáneos –ayuda inestimable- de diverso encuadramiento y pelaje, han pretendido organizarme un pulcro y aseado linchamiento. Y también –ya metidos en la cocina- han aprovechado para tirar por elevación contra el puñado de honestos ciudadanos que se han adherido al Manifiesto de La Bandera Negra. Para que luego diga Interviú que la extrema derecha en España tiene problemas para unirse. Siempre encuentra, en todo su varíado abanico, una más que eficaz unidad de acción en cuanto se la toca un par de asuntos recurrentes. Uno de esos asuntos recurrentes soy yo. Y si bien antes eso me confirmaba –bendita utilidad de esta disputa inútil- el hecho de que mi trayectoria política transcurría por el camino recto de la normalidad democrática lo cierto es que, en este preciso momento, me ha llegado a aburrir. Esto ya no vale ni para mejorar mi curriculum, porque, al respecto y con clara letra, ya está todo escrito. Aunque, sin duda y para qué negarlo, no pertenecer a esta selectísima concurrencia -y poder así acreditarlo por escrito- constituya una más que evidente ventaja política. Pero aburre.

Porque algo va mal. Algo va mal cuando –después de tanto tiempo de desmarque y de posiciones políticas encontradas- estamos formando parte de algo que podríamos denominar, aunque muy vagamente, como esquema ideológico de confrontación del fascismo. De esta forma, uno puede manifestar su posición contraria a Antonio Tejero o su admiración por Augusto Sandino, o una simple visión favorable a la legalización de las drogas. Uno puede hacer cualquiera de estas cosas y –casi en el acto- se encontrará con un frontal y agrio rechazo público, en redes sociales y en blogs personales o corporativos, por parte de lo más granado de la extrema derecha española. Cuando les conviene –y ellos ahora andan muy revueltos- cierran filas en torno a nuestras afirmaciones políticas. Algo no va bien porque –precisamente y en vez de observarnos de manera independiente y distante- somos un elemento más para su cohesión interna: una maravillosa excusa para galvanizar su odio.

En el fondo, esta no es más que una cuestión de odio. Este concreto sector político –aunque es política y socialmente irrelevante- nos ofrece un ejemplo de lo que está ocurriendo en España y, tal vez, en el resto del mundo occidental. No me refiero a estar en el punto de mira de nuestros ibéricos fascistas. No me refiero a ser insultado por defender cosas de las que ya nadie discute, y que son verdaderos puntos de referencia democráticos. Se puede –y se debe- estar en contra del cuartelazo de Tejero, tanto como se puede –y se debe- sentir profunda admiración por la actuación política de Sandino. Esto es obvio por evidente.

Se trata de algo más profundo que –abandonando el estrechísimo margen de un fascismo de cuartel y sacristía- afecta a los resortes íntimos más oscuros y escondidos de nuestra sociedad enferma. El hecho de que toda oferta política está hoy fundamentada sobre el pilar de la negación de los posibles valores positivos del otro. Oferta política extendida –como una manta de mantero senegalés- sobre las aceras de nuestra miseria moral. Una cultura de la disgregación que –aquí y allá- se impone diariamente sobre los principios positivos del diálogo y del acuerdo constructivo. Somos algo frente a los demás y contra los demás.

En estos tiempos negros de desesperanza y pesimismo, la solución más fácil pudiera consistir en la constante invocación a nuestros miedos: en el recurso permanente al rencor como base de cualquier alternativa política o social. Una siniestra vuelta a los tiempos de una República de Weimar inoperante y en descomposición, económicamente inviable y arrollada por las masas enfebrecidas –y acanalladas- por la revancha y por el miedo hacia un futuro incierto. Las soluciones basadas en el rechazo al diferente y en las visiones autoritarias del poder frente a las que postulan su equitativo reparto.

Aborrezco esta clase de sensaciones. La lucha por un nuevo tipo de sociedad, que crezca sobre las ruinas de la actual, tan sólo podrá ser encarrilada por medio de un retorno a los grandes principios. Esa clase de discurso político que sepa conectar con lo mejor de nosotros mismos, en vez de llevarnos a nuestro lado más sombrío. Grandes conceptos luminosos que –superpuestos a las pequeñeces propias de debates improductivos y malintencionados- vuelvan a ilusionarnos en la larga singladura de la Libertad. Grandes palabras, grandes ejemplos, grandes compromisos y grandes líneas políticas de horizontes abiertos y perspectivas anchas. De vuelta de bosques tenebrosos y de negrísimas líneas de sombra.

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6 Diciembre 2013

IN MEMORIAM NELSON MANDELA. ADIÓS A UN VIEJO LUCHADOR. TALKIN ABOUT A REVOLUTION!!! (TRACY CHAPMAN).

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15 Noviembre 2013

MANIFIESTO DE "LA BANDERA NEGRA".

MANIFIESTO DE LA BANDERA NEGRA

LA BANDERA NEGRA significa que no hay rendición. Una lucha hasta el final, sin enarbolar bandera blanca, contra el actual modelo económico y político. LA BANDERA NEGRA como antítesis de la bandera blanca. LA BANDERA NEGRA es el símbolo de la lucha social contra la tiranía, y ha sido siempre enarbolada por los oprimidos del mundo frente a los opresores. LA BANDERA NEGRA era izada en los barcos como señal de cuarentena al viajar en ellos pasajeros o tripulantes afectados por alguna enfermedad contagiosa. En este proyecto político, todos somos malditos: todos estamos contagiados por la creencia de que hay otra forma de hacer las cosas. Malditos para el Sistema y para nuestros entornos políticos inermes, izamos LA BANDERA NEGRA para luchar por nuestra concepción del mundo.

Vivimos momentos de recesión y de desintegración del modelo político nacido de la Constitución de 1.978. Millones de compatriotas –carentes de lo necesario para vivir con dignidad- vagamos desesperanzados por este escenario en ruinas. Ante esta situación, un grupo de ciudadanas y ciudadanos -de distinta procedencia política- hemos venido a reflexionar en voz alta acerca de las causas y de los efectos de esta profunda crisis. No buscamos soluciones mágicas, ni tenemos más pretensión que la de agrupar personas, aunar esfuerzos y luchar por lo que creemos justo. En estos tiempos de inoperancia y de desorganización de las fuerzas de oposición democrática al modelo capitalista y monárquico vigente, nosotros mantenemos la necesidad de seguir luchando. Sólos o en conjunción con otras fuerzas revolucionarias y republicanas.

Hemos llegado a la conclusión de que no es momento para ideologías más o menos dogmáticas. Creemos necesario el estudio de todas aquellas corrientes doctrinales que han construído vías de pensamiento alternativo al actual sistema político. Estimamos más necesaria que nunca la integración de todo aquello que, de bueno y positivo, podamos encontrar en estas corrientes ideológicas para articular eso que se ha llamado un discurso ‘transversal’, nutrido por las aportaciones honestas y sinceras de todos aquellos ciudadanos que nos apoyen. Somos sindicalistas autogestionarios, y creemos en la persona como eje y núcleo central de toda propuesta política. Estudiamos opciones similares para articular soluciones modernas, sin prejuicios exclusivistas y sin ideas preconcebidas.

Creemos necesaria una Revolución. No renunciamos a la Revolución.

Algunos ciudadanos opinan que es necesario un nuevo proceso constituyente. Otros, en cambio, se conforman con una reforma en profundidad de la Constitución de 1978. Flotan en el aire cuestiones trascendentales –muchas veces sin respuesta clara y terminante- relativas a la forma de Estado, al modelo económico, a los cauces de representación ciudadana o a la organización territorial española. Se están replanteando las antiguas ideas, y se están revisando viejas teorías. El mundo está cambíando a pesar de la resistencia ejercitada por los núcleos dominantes de poder. Debemos seguir incidiendo en esos cambios.

Nosotros respondemos a estas preguntas propugnando -en total RUPTURA con el modelo de 1.978- la apertura revolucionaria de un nuevo proceso constituyente. Unas nuevas formas y usos democráticos que, alejados de la partitocracia imperante, supongan un cambio radical de los instrumentos de participación ciudadana en los asuntos públicos y de representación política en el conjunto de las instituciones. Una implantación de instituciones verdaderamente democráticas como medio de salir de esta situación enfangada. No buscamos la conquista del poder por una minoría dirigente. Buscamos el justo reparto del poder entre la totalidad de nuestro pueblo, en sus distintos ámbitos de decisión política, social y económica.

Nosotros nos sentimos herederos de la rica y profunda tradición española de la resistencia a la opresión, y del derecho inalienable del pueblo a terminar con los tiranos y con las tiranías. Es misión de entidades como la nuestra colaborar en esta tarea de ensanchar el horizonte democrático de España.

Nosotros propugnamos la implantación de la REPÚBLICA, como marco institucional de estas nuevas relaciones políticas y de un nuevo modelo económico más justo y solidario. La Monarquía no sólo no representa los intereses populares, sino que simboliza la estructura de poder que ha llevado a la miseria a nuestros ciudadanos. Creemos en un modelo FEDERAL republicano, basado en una integración de todos los pueblos de España que se estructure desde una federación y unión libre y soberana de los municipios y comarcas. De esta forma, será desarbolado el modelo centralista inoperante de herencia borbónica.

Nosotros propugnamos la instauración de una verdadera DEMOCRACIA, hoy inexistente por causa del juego perverso de los partidos políticos y de la casta dirigente. Transformar sustancialmente los instrumentos de participación ciudadana y de representación democrática -representación directa, carácter vinculante de acuerdos ciudadanos, concejos abiertos y otros foros de debate y discusión democrática y posibilidad de remoción de los cargos públicos- constituye el objetivo primordial de nuestra actuación revolucionaria.

Nosotros propugnamos la AUTOGESTIÓN no sólo como medio de estructuración de la sociedad, sino como herramienta fundamental en el desmontaje del modelo capitalista. Queremos aumentar los márgenes de decisión ciudadana en todos los ámbitos de la vida pública, así como transformar radicalmente las actuales relaciones de producción haciendo a los ciudadanos dueños de su propio destino. Entender la política, en todos sus niveles, como ejercicio constante de una SOBERANÍA recuperada. Como trabajadores, asumiremos la titularidad de los medios de producción y decidiremos directamente en la marcha y gestión de las empresas. Como ciudadanos, asumiremos la responsabilidad en la decidión y dirección de los asuntos públicos.

LA BANDERA NEGRA luchará por la implantación en España de un régimen republicano y revolucionario, basado en estos sólidos principios de cambio social. A tal fin, emprenderá las campañas políticas que crea adecuadas en cada momento, y suscribirá oportunos acuerdos con aquellas formaciones que propugnen la efectividad de nuestras libertades y derechos democráticos, la apertura de una nueva fase constituyente en España, así como la transformación efectiva y profunda de nuestro actual modelo político y económico. Pactaremos en todo momento con aquellas formaciones y movimientos dotados de nuestra misma sensibilidad política y social.

República, Soberanía, Democracia, Autogestión y Federalismo. Los cinco pilares del período constituyente que, entre todos, debe abrirse en España.

Las personas integrantes de LA BANDERA NEGRA, mujeres y hombres poseedores de unos derechos inherentes a la condición humana y de unos valores inmutables que dan forma y sentido a nuestra existencia, unimos nuestra voluntad en torno al objetivo de conformar las bases para la evolución hacia un nuevo modelo político, concebido por y para el pueblo soberano bajo premisas de justicia social, libertades reales y genuina Democracia. Estamos luchando por un mundo nuevo, y por unas bases nuevas sobre las que fundar nuestra convivencia social.

Nuestros Puntos Programáticos son concisos y claros. Nuestras Propuestas Políticas Urgentes son sencillas y practicables. Nuestros documentos y líneas políticas pueden ser fácilmente encontradas en nuestros medios de comunicación. Están al alcance de todos aquellos de vosotros que quiera leerlos y estudiarlos, y serán difundidos de la manera más amplia que podamos.

Nosotros os invitamos a luchar con nosotros por la República y por la Revolución bajo los pliegues de LA BANDERA NEGRA.

LA COMISIÓN CONSTITUYENTE DE "LA BANDERA NEGRA"

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20 Septiembre 2013

VÍA MUERTA FRENTE A VÍA CATALANA (MI COLUMNA EN "SIERRA NORTE DIGITAL").

Tengo la sensación de que los falangistas somos demasiado proclives a tomar en serio cosas que –en realidad- no nos conciernen. Llevamos días hablando, en las redes sociales y fuera de ellas, del asalto de la extrema derecha a la Generalitat en la Librería Blanquerna de Madrid. Los falangistas hemos mostrado nuestro rechazo a esta acción. Y si bien es cierto que nunca está de más el hecho de desmarcarse de la barbarie -sobre todo cuando esta tangana viene amparada bajo los pliegues rojos y negros de nuestra bandera- yo creo que no debiéramos tomar tan en serio asuntos que no lo son en absoluto.

Poco tenemos que decir sobre esto. Lo normal –como lo está la abrumadora mayoría de los ciudadanos españoles- es estar en contra de esta clase de cosas. Porque si estuviéramos a favor de esta clase de cosas, seguiríamos militando en organizaciones de este estilo. Precisamente, nos fuimos marchando de ellas, cada uno en su momento, porque no nos gustaban. Porque sabemos –perfectamente- que estas barbaridades no son más que instrumentos de consumo interno: acciones dirigidas a afianzar liderazgos, a consolidar alianzas entre distintas formaciones ultras, y a levantar los ánimos de la muy desmoralizada parroquia extremoderechista. Y siempre coincidiendo con determinada campaña política –dentro de este entorno- o con las necesidades de promoción de tal o cual acto público. No hay nada más detrás de estas cosas.

Nada que ver, por tanto, con la Falange, con los falangistas o –mucho menos y aunque se manifieste ser esta la causa de la acción- con la cuestión de la unidad española. Aunque –eso sí- estas manifestaciones violentas habrían constituído la punta de lanza de aquel antiguo y agotado españolismo, por lo demás muy extendido en algunas capas de la sociedad española, caracterizado por la defensa ciega –y en todo momento- del orden territorial vigente. En este sentido, los extremistas de Blanquerna no estarían tan socialmente aislados, ya que habrían conectado con los sentimientos primarios de los sectores centralistas más duros e irreductibles.

Lo que sí que tiene que ver con la unidad española es la cadena humana que organizó Vía Catalana en la Diada. Cientos de miles de catalanes enlazaron sus manos clamando por la independencia. Una fiesta colectiva y el triunfo de una organización casi perfecta, en un ejemplo de movilización ciudadana que debemos estudiar -detenida y detalladamente- todos aquellos que pretendemos un cambio social: demostraciones pacíficas de fuerza profundamente enraízadas en amplios sectores sociales. Mucha gente y un ideal colectivo.

Lo primero que me llama la atención de esta demostración popular es que –al día de hoy y a estas alturas de la película- haya todavía quien se asombre con el hecho de que existan miles de personas que se quieran marchar de España: de este país que ya no nos ofrece nada. Todo el que puede se ha marchado ya –o se está marchando- de esta ratonera. Miles de jóvenes –y de no tan jóvenes- se han ido para, posiblemente, no volver. Miles de personas que buscan una solución particular y propia al desastre. Por eso –porque vivimos un muy peculiar sálvese quién pueda- no puede resultarnos extraño que muchos catalanes estén buscando una salida colectiva a este naufragio. Se están marchando a escala colectiva, tal y como se están marchando –en goteo incesante- todos aquellos ciudadanos que lo pueden hacer a título individual.

Esta cadena humana –antes de cualquier otra consideración o conclusión- lo que nos ha mostrado no sólo es que existe un conjunto muy amplio de ciudadanos que –de hecho- ya se están desenganchando de España sino también que están perfectamente dirigidos -y organizados- para conseguir este objetivo. En esta España de la desilusión desmoralizada, ellos han conseguido concitar ilusión en torno un proyecto alternativo de convivencia. Los independistas catalanes –entre todos los que nos consideramos descontentos- son la única fuerza social que ha conseguido organizarse eficazmente para romper el modelo político vigente. Están presionando al Sistema como nadie lo ha podido hacer hasta el momento.

Ante el hecho de la separación de Cataluña, no han faltado voces que exigen más dureza. Ante la anunciada independencia, exigen una aplicación rigurosa de todos los instrumentos legales, y a veces no tan legales, al objeto de evitar esta desmembración. Claman por una textual interpretación de los preceptos de la Constitución de 1.978, por una limitación procesal de los derechos de los nacionalistas o –por clamar que no quede- hasta por una descarada intervención militar en defensa de la unidad española. Ecos terribles y lejanos, invocaciones de inoportuno y dudoso gusto, de los cañonazos gubernamentales en la Barcelona sublevada de 1.934. Yo creo que antes de desplegar todo este abanico impresionante de medidas coactivas, dirigidas a hacer que los catalanes se queden en España, resultaría obligado preguntarnos en qué España es en la que queremos que se queden: qué España es la que se pretende conservar unida y en orden.

A mi juicio, este es el núcleo central de la cuestión.

Y yo vengo diciendo que –hoy por hoy- no tenemos España. No existe –ni lejanamente- una Patria que merezca la pena ser respetada o conservada. Hoy no tenemos una Patria. Lo que tenemos no es más que un conjunto administrativo –en fase de liquidación- de territorios, de leyes y de instituciones inservibles. La España de Juan Carlos I, de los millones de desempleados, de los bancos rescatados con dinero público, de las dieciesiete Comunidades Autónomas quebradas, de Bárcenas y de los ERES, de los Sindicatos amaestrados y de los partidos corruptos, de la deuda por generaciones, de Rajoy y de Cospedal, del corinato y de la miseria moral y material. Esa es la España que tenemos y esa es la España –no hay otra más que esta casa sucia y en ruinas- que se pretende defender ante la ofensiva del nacionalismo catalán.

Pero España es mucho más que eso. España es un proyecto nacional y una idea integradora, que no concebimos sin una gran tarea colectiva de desmontaje de la propiedad capitalista, de construcción de un nuevo modelo económico más justo y solidario, y de profundización en nuestras libertades democráticas. Una vez más, debemos repetir que no se concibe España sin Justicia, y que construir esa Patria pasa, inevitablemente, por hacer una Revolución y por traer una República. Y también pasa por un renacimiento cultural y político de los distintos pueblos de la Península. Sin esas nuevas formas estatales –que vengan a redefinir nuestra vertebración territorial- no creo que se merezca esfuerzo alguno mantener cohesionada esta nación... ¿a qué tipo de país queremos que sigan unidos los catalanes? ¿a qué modelo político y social queremos que sigan unidos los ciudadanos españoles? ¿qué fuerza moral podemos tener para pedir que continúen en esta ciénaga?

Refundemos España. Ilusionemos a nuestros hoy tristes ciudadanos con un nuevo proyecto nacional. Una nueva nación y una nueva sociedad que tenga algo que ofrecer, y que nos haga recuperar el deseo de remar juntos otra vez. Una España justa que construyamos entre todos.

Sin eso, estaremos en una vía muerta. Una vía muerta frente a la ya famosa Vía Catalana.

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MADRID, España
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Ignacio Toledano Martínez es Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Madrid. Tiene 50 años. Escribe periódicamente en los Medios EXTRACONFIDENCIAL, DIARIO DE LA SIERRA y MEDITERRÁNEO DIGITAL. Administra el Blog a efectos de la LOPD.

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